miércoles, 18 de junio de 2014

Pida la renuncia de la escuela de Salomón y de Russell


Eclesiastés 3:18-22
“Yo dije en mi corazón, con respecto a los hijos del hombre, que Dios los ha probado para que vean que ellos de por sí son animales. Porque lo que ocurre con los hijos del hombre y lo que ocurre con los animales es lo mismo: Como es la muerte de éstos, así es la muerte de aquéllos. Todos tienen un mismo aliento; el hombre no tiene ventaja sobre los animales, porque todo es vanidad. Todo va al mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo. ¿Quién sabe si el espíritu del hombre sube arriba, y si el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?  Así que he visto que no hay cosa mejor para el hombre que alegrarse en sus obras, porque ésa es su porción. Pues, ¿quién lo llevará para que vea lo que ha de ser después de él?”.

Sin quererlo Salomón tiene sus discípulos en este siglo que creen que el Espíritu Santo habló en este pasaje para instruirlos sobre la composición del ser humano, que no excede en nada a las bestias. Estos son los seguidores de Russell, de Helen White y los evolucionistas darwinianos. Todos afirman que el hombre no tiene ningún alma que sobreviva a la muerte.
Salomón no está hablando de la mortalidad del alma porque la desconoce sino solamente de la vida y del suceso de la muerte; no obstante la antropología del Predicador es tan antigua que fácilmente se prueba su contraste con la esperanza cristiana por la melancolía y pesimismo que el libro destila. No piense usted encontrar la esperanza evangélica en el Eclesiastés; la resurrección de los muertos se desconoce y lo mismo que la supervivencia del alma. La revelación de Dios es progresiva y Eclesiastés está por debajo teológicamente de todos los libros del NT. Fue escrito en tiempos de la apostasía del autor, o el regreso del destierro, o un poco después, y el vacío que siente es profundo.
Si Salomón hubiera tenido nuestra esperanza cristiana no hubiera escrito Eclesiastés. Tomar sus palabras y decir: la Biblia niega la existencia del alma, cuando nos morimos, todo se reduce a polvo, el cuerpo y el alma, porque ella no es más que la vida que con la muerte desaparece, y nada sube arriba y nada va más abajo del sepulcro, ahí se queda todo, nos desintegramos completamente y dormimos en polvo y nada, hasta la resurrección cuando Cristo pronuncie nuestros nombres y las partículas de tierra se junten y volvamos a la vida con un cuerpo glorioso e inmortal.
Mientras tanto nada hay, en el cielo solo están los ángeles, Dios y tres seres humanos, Enoc, Elías y Jesús. No hay nadie más, todo el otro espacio está vacío. Están desocupadas las muchas moradas de la casa del Padre. Ningún santo disfruta de nada ni los ángeles llevaron el alma de nadie a ninguna parte. No sabremos de la gloria hasta que no volvamos a vivir. Tenemos que esperar nuestra resurrección para ver a Dios nuestro Salvador. Morimos como los puercos o los perros, no tenemos más aliento que un chancho ni más alma que un galgo.
¿Eso es lo que usted cree que nos enseña Salomón? No, porque esa no fue la esperanza de sus predecesores, Jacob, por ejemplo, que siendo antes que Salomón no habla de forma tan desdichada como este sabio, ni estaba tan apesadumbrado con la muerte como Salomón lo estuvo. Jacob en su lecho mortuorio halló fuerzas para incorporarse en su cama y bendecir a todos sus hijos y pedirle a José que llevara su cadáver de regreso a Canaán y lo enterrara junto a sus padres porque quería ser unido a ellos. Su pensamiento sobre el Seol es difuso pero tiene alguna seguridad que el pueblo que partió al más allá es el suyo y que dicho lugar abarca alguna forma de existencia tras la muerte. Por eso no grita, no se desespera y con calma recoge sus pies y expira (Ge.49:29,33). Moisés y Aarón mueren del mismo modo, tranquilos, satisfechos, y son recogidos por Dios. La muerte para ellos fue un beso, no una mordida que les arrebataba la única existencia disponible. ¿Qué fue de Moisés lo que estuvo en el monte de la transfiguración con Jesús si no fue su alma, porque el cuerpo lo enterró Dios? (Mt.17:3,4).
Si usted es de la escuela de Salomón hay otros que prefieren sentarse con los discípulos a los pies de Jesús y oírle sobre una esperanza más amplia. Los apóstoles de Cristo no se matricularon allí y aprendieron más que Salomón para en sus cárceles y hogueras sonreír. Pablo habló de la muerte como un suceso que lo llevaría de inmediato a estar con Cristo: “porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.  Pero si el vivir en la carne me sirve para una obra fructífera, ¿cuál escogeré? No lo sé. Me siento presionado por ambas partes. Tengo el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedarme en la carne es más necesario por causa de vosotros. Pues, convencido de esto, sé que me quedaré y que aún permaneceré con todos vosotros para vuestro desarrollo y gozo en la fe” (Flp.1:21-25).
Y enseñó que la muerte vestiría su alma y cuerpo de una habitación celestial: “Porque sabemos que si nuestra casa terrenal, esta tienda temporal, se deshace, tenemos un edificio de parte de Dios, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Pues en esta tienda gemimos deseando ser sobrevestidos de nuestra habitación celestial; y aunque habremos de ser desvestidos, no seremos hallados desnudos. Porque los que estamos en esta tienda gemimos agobiados, porque no quisiéramos ser desvestidos, sino sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.  Pues el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado la garantía del Espíritu. Así vivimos, confiando siempre y comprendiendo que durante nuestra estancia en el cuerpo peregrinamos ausentes del Señor. Porque andamos por fe, no por vista. Pues confiamos y consideramos mejor estar ausentes del cuerpo, y estar presentes delante del Señor. Por lo tanto, estemos presentes o ausentes, nuestro anhelo es serle agradables.  Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho por medio del cuerpo, sea bueno o malo” (2 Co.5:1-10).
Y Pedro con la misma antropología que Pablo cuando le llegaba la hora de irse de este mundo habla de su muerte como una partida, un viaje que se da hacia Dios: “pero considero justo estimularos la memoria entre tanto que estoy en esta mi morada temporal.  Pues como sé que dentro de poco tengo que dejar mi frágil morada, como me lo ha declarado nuestro Señor Jesucristo,  también procuraré con empeño que, después de mi partida, vosotros podáis tener memoria de estas cosas en todo momento”  (2 Pe.1:13-15).
No trate de ir más a la palabra hebrea ruash, a la psiché griega, a “demostrar” que Adán fue un “alma” viviente, o sea un “ser” viviente, que el hombre va al polvo y todo se acabó, que no hay nada más. Comoquiera que usted elucubre sobre esas palabras, yo tengo hechos, en esperanza apostólica, que los autores del NT no eran tan pesimistas como Salomón ni se igualaban con el buey que trilla ni con el gorrión que cae a tierra. No ayuda mucho esa antropología darwiniana a la ética cristiana porque los que piensan que no somos más que los animales podrían vivir despreocupados de las consecuencias eternas de sus actos y adoptar el antiguo proverbio repetido por los epicúreos que “comamos y bebamos que mañana moriremos” (Isa.22:13; Hch.15:32). Negar el alma y el infierno concede un respiro a los inconversos y los libera de la necesidad del arrepentimiento y de convertirse a Cristo para evitar ser juzgados por sus malas obras (2Co.5:10). Provee una alternativa engañosa al mundo para que escoja los placeres y pierda temor del juicio final. Jesús dijo: “y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno” (Mt.10:28).
Dese de baja de la escuela de Salomón, un poco más atrasada que la de Pablo, Pedro y Jesús que ofrecen una antropología más completa y una esperanza viva y sonriente.  No se engañe, sí tiene el hombre más que la bestia, una conciencia estampada en su alma que la identifica para la resurrección y el juicio. Esas promesas son para los que tienen una mejor antropología y mueren diciendo: “Señor Jesús recibe mi espíritu”. (Hch.7:59; Luc.23:46).