viernes, 6 de junio de 2014

No te enamores de las grandes ciudades, ora por ellas

Salmo 55:9-11
Destrúyelos, oh Señor; confunde la lengua de ellos;
porque he visto violencia y rencilla en la ciudad. Día y noche la rodean sobre sus muros, e iniquidad y trabajo hay en medio de ella. Maldad hay en medio de ella, y el fraude y el engaño no se apartan de sus plazas”.


He visto violencia y rencilla en la ciudad”. ¿De qué ciudad habla aquí, de la antigua Sodoma, de  la capital de los sirios, Damasco? ¿De Tebas en Egipto, de Gaza en Filistea? ¿O de las modernas Miami, New York, Ciudad Méjico, Los Ángeles, Madrid, Londres o Montevideo? No, está hablando de la ciudad de David, la ciudad amada, del gozo de Dios donde puso su residencia en el monte Sion, el orgullo religioso y arquitectónico de todo israelita (Sal. 48:12,13). Sí, Jerusalén, la llamada “Ciudad Santa” la que se ha llenado de tantos pecados; sobre ella cayeron los caldeos y la redujeron a escombros, sobre cada una de sus piedras lloró Jesús, lamentándose que no había conocido “el día de su visitación” y sería de nuevo derribada hasta el infierno. En ella, afuera, murió el Salvador, resucitó y ascendió al cielo. A ella amó Cristo y ordenó a sus discípulos que comenzaran a evangelizar a sus ciudadanos, los que lo habían crucificado (Hch. 1:8).
 
¿Por qué quieres, para qué quieres vivir en la ciudad y no en las aldeas, en el campo? ¿Por qué prefieres la urbanización de una metrópolis en vez de la vida rural? ¿Por qué se aglomeran los pueblos en las grandes ciudades, qué buscan dentro de ellas? No hay ninguna ciudad santa, ninguna ciudad donde se viva por las leyes de Dios y la contaminación ambiental de ellas no es tan grande como la espiritual y moral donde apenas se puede respirar un poco de aire puro. Se hallan las mismas cosas que en las antiguas y un poco más, porque en ellas radican los aborrecedores de Dios y los  inventores de males (Ro. 1:30): drogadicción, violación, engaños, robo, secuestros, etc. En ese ambiente la iglesia vive y la iglesia testifica. Las metrópolis presentan más peligro espiritual que las zonas rurales. El diablo anda por lugares secos, pero no vive en los lugares secos y apartados. Oh Señor fortalece tus iglesias en las grandes ciudades, llénalas con tu Espíritu, bendice la obra urbana y que cuando digamos: “Vayamos hasta aquella ciudad y traficaremos y ganaremos” (Sgo. 4:13), no pequemos, no nos enfriemos, no pertenezcamos a ese mundo, no nos materialicemos, no nos corrompamos. ¿No afligimos nuestra alma justificada al ver la conducta nefanda de nuestros ciudadanos? (2 Pe. 2:6-9). ¿No lloraremos por ella como Lot dentro de Sodoma? ¿No intercederemos ante Dios por la salvación de ellas como Abraham, que trataba de salvarlas con sus oraciones? ¿O nuestro corazón se enamora de sus vanidades, de sus modas, de sus adelantos y tecnologías, de sus teatros, de sus cines, de sus calles llenas de comercios y sitios prohibidos para un santo? ¿O se enardecerá nuestro corazón como el de Pablo cuando miraba Atenas entregada a la idolatría? ¿Amamos tanto las ciudades como para clamar a Dios por ellas y trabajamos incansablemente para salvarlas? (Hch. 17: 16) ¿No nos es una carga sus crímenes, sus asesinatos por robo, toda injusticia, sus prostitutas en las calles, la inseguridad ciudadana, sus guetos? Oh Dios del cielo, ayúdanos a testificar de tu Hijo en las ciudades, y bendice tu Jerusalén, la celestial, la iglesia. Amén.