jueves, 26 de junio de 2014

Despierta y espabila a tus colegas


Isaías 21:11,12
“Centinela ¿qué hora es de la noche?”. 

O ¿Guarda, qué de la noche? ¿Qué tiempo de calamidad les queda a los judíos en Babilonia? O ¿qué tiempo de dolor le queda a Edom? La noche son las aflicciones. ¿Qué queda de la noche, mucho? ¿Cómo va la noche? ¿Algo nuevo? ¿Algún percance? ¿Falta mucho para que amanezca? Veo aquí un buen compañerismo, una relación de unión entre dos centinelas. Uno a otro se habla para no dormirse porque cuando los centinelas de Dios conversan sobre sus experiencias, cuando la noche los cubre, se mantendrán despiertos. Los apóstoles se durmieron por la tristeza. Y fue triste que Aquel varón no tuviera a nadie, sino un ángel para fortalecerlo, que velara con él una hora.

Y el uno le repite la pregunta porque quizás llevaba mucho tiempo sin decir nada, no asistía a las reuniones de centinelas, como si una raíz de amargura estuviera deteriorando su carácter; o quizás notó desde lejos que no se movía de su lugar, o lo vio en la sombra cabeceando. Se alarmó el compañero porque si se duerme un colega, peligra lo que cuida, el territorio que se le ha asignado y la gente que reposa confiada que él estará vigilante. La vida de muchos depende de que él no se duerma. Pudiera ser que aquella noche le resultara más larga que otras y había llegado mentalmente turbado con las preocupaciones de su familia y por eso, desalentado y melancólico se dormía.

El compañero que se halla cerca no le dice “Juan ¿cómo va la noche?, o “Pedro ¿qué de la noche?”.  Sino “guarda ¿qué de la noche?”. Debió decirle su nombre, o no lo sabía porque era un nuevo ministro recién ocupando la almena de aquella iglesia, un nuevo ocupante del púlpito, un relevo que habían traído por el que se retiró. Lo llama por su oficio. Recordándole su militancia espiritual.

De todos modos llámese Apolos, Pablo o Pedro, lo cierto es que cualquiera que sea el obispo, es un sobreveedor (1Ti.3:2) y debe vigilar con cuidado por su rebaño. Por eso a su amigo le parece que está cabeceando y lo llama (¿por teléfono, a un almuerzo,  a una reunión?) para darle una conversación que lo despierte y lo refresque (o lo caliente un poco, como despabilándolo, o espabilándolo, Ex.25:38) un poco y se saque esa preocupación de la cabeza, haciéndole saber que lo llama para contarle sus confidencias en las labores y porque tampoco él quiere dormirse, y recordarle que todos  los vigilantes del Señor tienen sus propias oscuridades. Aun Jesús en un momento de humana debilidad recibió un ángel que lo fortaleciera (Luc.22:43). Guarda ¿cómo va la noche?