miércoles, 15 de mayo de 2013

No son fábulas profanas y de viejas


Hechos 7:54-60
54 Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él.  55 Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, 56 y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios. 57 Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. 58 Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo. 59 Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. 60 Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió”.

No desesperemos porque nuestro testimonio y palabras no recogen resultados inmediatos, porque Dios hará el uso que estime conveniente. Quizá nuestra participación en la vida de alguien sea formar parte solamente de su experiencia cristiana, provocarles algún remordimiento por todo el daño que nos han hecho. Esteban murió sin saber que en ese momento lo estaba mirando alguien que llegaría a ser el mejor predicador del mundo, el apóstol Pablo, además escritor de la mayor parte del Nuevo Testamento (v.58; Hch.22:20) . Nuestra participación en la vida de un gran santo aunque sea mínima es importante y vale la pena sufrir para ayudar a formar, de alguien, su carácter cristiano. Hasta dónde Dios va a llevar nuestra influencia no lo sabemos, pero no queramos ser más grandes ni más útiles en el reino que lo que él quiere que seamos. Nos podemos considerar bienaventurados y privilegiados de que nuestra risa o lágrimas ayuden a alguien, y especialmente cuando somos víctimas.

Se ve que los que viven como un ángel, por la influencia de la palabra de Dios en sus vidas (Hch.6:15), pueden hablar como profetas y morir como Jesús (vv.59, 60). Créanlo o no, quieran oírlo o no, su experiencia final corrobora que es totalmente cierto el credo que había aprendido en la iglesia que Jesús ascendió al cielo, que está a la diestra del Padre y por supuesto, que de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Cuando llegue el momento final, quizá ante de salir de este mundo, pero en la hora misma de la muerte veremos a Jesús, antes de ver a nadie más lo veremos a él y seremos conducidos directamente adonde él se halla; en ese momento recibiremos confirmación para nosotros mismos y para los que queden vivos, que las doctrinas por las que hemos vivido y que hemos creído que son “indubitables” y “certísimas”, realmente lo eran, e hicimos bien haber expuesto todo por ellas, a pesar de la ira ajena y el mal trato (Luc.1:1,2; Hch.1:3).

No asentamos nuestra fe en las experiencias que de ultratumba nuestros hermanos nos dejen, sino sobre la revelación dada por Cristo a la iglesia, pero ellas suelen en algunos casos, ser dejadas atrás, con la autorización de Dios, para promover la fe de los creyentes y traer esas materias a consideración de los incrédulos. Lo triste es que muchos cuando las oyen las tratan de explicar solamente como “alucinaciones” y para nada les sirven, si no es para enojarse o calificar a los muertos cristianos como fanáticos religiosos. Todos aquellos furiosos incrédulos no podían negar que era cierto aquello que ya sus ojos estaban viendo y le confirmaban que no había creído “fábulas judaicas” (1Ti.1:14), “fábulas  profanas y de viejas” (1Ti.4:7),  ni “fábulas artificiosas” sino que había visto con sus propios ojos su majestad, y de pie en el cielo esperaba con sus manos extendidas, el espíritu del mártir que exhalaba (2Pe.1:16). Steve Jobs, el tipo del IPad, que no era cristiano, en su lecho de muerte, exhaló un asombrado ¡wow, wow!, quiere decir, supongo, ¡es cierto, es cierto, era verdad, era verdad! No vería a Jesús, pero el más allá era cierto.