jueves, 16 de mayo de 2013

El Espíritu no se dio para echar afuera cualquier píldora, ungüento o cirugía


Hechos 8: 9-13; 18-25
9 Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. 10 A éste oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. 11 Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo. 12 Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres.  [13] Y aun Simón mismo creyó; y después de bautizarse, continuó con Felipe, y estaba atónito al ver las señales y los grandes milagros que se hacían. 18 Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, 19 diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. 20 Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. 21 No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios.  Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; 23 porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. 24 Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí. 25 Y ellos, habiendo testificado y hablado la palabra de Dios, se volvieron a Jerusalén, y en muchas poblaciones de los samaritanos anunciaron el evangelio”.

Me hubiera gustado dedicar tiempo a la penetración espiritual de Samaria y disfrutar devocionalmente sobre “los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, pero eso no es más que un preámbulo para establecer algo más importante que ocurre después que Felipe les dio a conocer a Cristo, y sobre todo cuando los apóstoles hermanos radicados en Jerusalén envían una pequeña embajada para enterarse de lo que había ocurrido en Samaria (v.14).

Notarás, que aunque uno quiera ser conciliador, como intenté en la exposición anterior, el Espíritu Santo se recibe en el momento de convertirse en cristiano. Pedro y Juan, y Felipe seguramente también, se dieron cuenta que la experiencia de “conversión a Cristo” de los samaritanos estaba incompleta y que Dios en el caso de ellos no había seguido el patrón al cual estaban acostumbrados, que el Espíritu Santo diera testimonio de que se habían verdaderamente arrepentido. Encontraron que la gente había creído lo que Felipe les predicaba, por las señales que hacía, y siguieron su mensaje bautizándose como señal de fe y de aceptación. Estas fueron las personas que Pedro y Juan encontraron, ya bautizadas, pero sin el Espíritu Santo. No hay ningún reproche hacia ellos o crítica; no investigaron sus vidas para saber si la profesión era genuina o no, pero ellos espiritualmente no eran iguales a los hermanos de Jerusalén; no mostraban señal de tener ninguno de los dones que el Espíritu daba e inmediatamente preguntaron lo que debían preguntar como genuinos apóstoles, si recibieron el Espíritu Santo cuando creyeron (19:2).

Todos, incluyendo a Felipe, negaron con sus cabezas y dijeron que no. Tampoco dijeron porqué, pero estaban seguros que debían tenerlo, no sólo para que fuesen cristianos completos sino para que se convirtieran verdaderamente.  No parece hallarse en la mente de los dos enviados la idea que la iglesia necesitaba para su edificación y ministerios los dones que el Espíritu les otorgaría, sino que no habría iglesia alguna si ellos no recibían el Espíritu, era un asunto de salvación y no de edificación o de ministerios.

Observa qué próximo a la salvación puede llegar la gente y sin embargo no estar en el reino de los cielos. Los samaritanos habían “creído” y “se bautizaron” como señal de discipulado, identificación con Cristo y con las doctrinas apostólicas y sin ser una farsa o una experiencia fingida, no ser auténtica porque el Cristo que aceptaron, el evangelio que lo anunciaba y el poder que lo demostraba, era superior a la magia que también creían pero no más que una religión triunfante y competitiva, con poder y ritos pero sin Espíritu Santo, sin esperanza de salvación y sin una transformación de la vida.  Estas eran las raíces de la llamada “conversión” de los samaritanos, si no nos dejamos impresionar por la profesión de bautismo de ellos, por el asombro que mostraban y por la afirmación verbal que hacían y que el mismo texto contiene. La salvación venía de los judíos y ahora lo acababan de confirmar (Jn.4:22).

Simón el mago es un caso típico cuando el cristianismo se acepta como una religión y prevalece como una religión, en línea directa con la magia o cualquiera otra forma de culto, sin sentido de salvación y perdón de pecados, cuando la persona sigue en “hiel de amargura y en prisión de maldad” (vv.22,23), como una clase de superstición más poderosa. El caso de Simón no es seleccionado por ser notorio  el personaje sino porque él representaba una idea errónea sobre el dominio del Espíritu Santo y un uso impío del mismo.

Posiblemente el anhelo de Simón fuera el de muchos, poseer con fines comerciales el Espíritu Santo para que cualquier persona a la cual él impusiera las manos, si le pagaba primero, recibiera el Espíritu Santo. Haría mucho dinero vendiendo al Espíritu Santo si eso fuera posible. Pero ¿para qué la gente querría el Espíritu Santo y estaría dispuesta a pagar para recibirlo? No es seguro que fuera para obtener la vida eterna o para obviar la dolorosa experiencia de arrepentimiento de los pecados, sino porque el Espíritu Santo se pudiera convertir en una codiciosa fuente de entrada de dinero, un instrumento para hacer fortuna, la gente pagaría lo que fuera para hablar en lenguas, profetizar y sobre todo, lo que más les gustaba y que había hecho que se acercaran fascinados al cristianismo, “echar fuera espíritus inmundos que dieran grandes voces al salir y sanar paralíticos y cojos” (v.7) y supongo que cualquiera otra enfermedad.

Ahí estaba el negocio religioso, adquirir aquel poder para sustituir la medicina, porque la magia era una forma de ciencia mezclada con errores y supersticiones, y el cristianismo era mucho más simple y efectivo, curaba directo sin ocasionar gastos ni producir dolores. Una buena alternativa para los pobres que no podían pagar un médico ni comprar en una farmacia. El Espíritu no se dio para eso, para echar afuera cualquier píldora, ungüento o cirugía, sino para testificar del Nombre de Jesús. Tomando las palabras en este sentido se pueden comprender bien las palabras casi enojadas del apóstol Pedro, “tu dinero perezca contigo, tú no tienes parte ni suerte en este asunto y tu corazón no es recto ante Dios” (vv.20,21). Se dio cuenta que lo que Simón quería era comenzar un negocio religioso por medio del Espíritu Santo, explotando el poder de Dios para generar dinero, lo que se conoce como simonía, si se refiere a un cargo eclesiástico comprado.  Un título más corto de esta entrada podría ser, el Espíritu Santo para negocio.