jueves, 9 de mayo de 2013

La Exaltación De Jesús


Hechos 3:1-16
1Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración.  2 Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo.  3 Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. 4 Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos.  5 Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo.  6 Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.  7 Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; 8 y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.  9 Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. 10 Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.  11 Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón. 12 Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿O por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?  13 El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. 14 Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida,15 y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. 16 Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros”.

Ninguna cosa es más importante para un cristiano que exaltar el nombre del Señor. La sanidad del cojo que aquí se cuenta tiene ese objetivo, colocar el Nombre de Jesús en un lugar que brille sobre todo nombre. Este suceso favoreció la Gran Comisión. Lucas, como médico, lo pinta con muchos detalles. Por ejemplo, mientras esperaba la limosna estaba “atento”; Pedro lo tomó por la mano “derecha” “saltando y alabando a Dios entró con ellos al templo” y  “sostenía a Pedro y a Juan con ambas manos”.

Vamos al grano. La primera intención es exaltar el nombre de Jesucristo de Nazaret (vv. 6, 13, 16). Hay una observación que quiero hacer desde el comienzo sobre la curación. No es el asunto principal desde el punto de vista de Dios y de la iglesia. Para la iglesia es sólo una señal. Una señal asociada a ese nombre y que ocurre solamente con el propósito de ponerlo en alto. La iglesia se está estableciendo alrededor de ese nombre y tiene que quedar claro que las señales que dentro de ella se hacen son para exaltarlo. Para el pueblo inculto y necesitado lo más llamativo es el cojo restaurado y es sobre él que colocan la atención, pero no para la iglesia.

Los datos que se suministran sobre la curación son para promover la credibilidad del suceso y por consecuencia, la autoridad apostólica, que dos hombres sin letras y del vulgo tuvieran tanto poder como para hacer aquello (4:13); y exaltar el nombre de Jesús. Es un milagro constatable y Pedro no rehúsa que lo examinen, y el propio cojo dando sus brincos lo demuestra, y el médico amado que escribe el relato da su opinión: es una “completa sanidad” (v.16). Lucas era médico, y por referencia supo que la sanidad no fue inventada. El problema de algunos milagreros de este siglo es que no permiten a los  médicos que examinen sus milagros.

Y fue el pueblo, no la iglesia, quien confundió el origen de aquel poder, atribuyéndolo a los seres humanos, o sea, a las virtudes de los predicadores, “como si por nuestro propio poder o piedad le hubiéramos hecho andar”  (vv.11-13). Los apóstoles inmediatamente reaccionaron en contra de tan nociva popularidad y los frenaron en sus entusiasmos para que no fueran exaltados ellos sino el Señor en nombre de quien aquel milagro se había operado. No se predicaban a ellos mismos. Eso no quiere decir que con poder y sin piedad se pueda ser un ministro eficaz. Sí es necesaria la piedad para ser usados por Dios.

Les quiere decir: “No porque seamos cristianos ni mejores cristianos, no por las virtudes cristianas es que hemos sanado al cojo, sino para que honréis al Hijo como honráis al Padre (Jn.5:23). No nos miren a nosotros con aire de triunfo, por favor miren para otro lado no para nosotros, eleven sus ojos al cielo”. No queremos glorificarnos con lo que hacemos. Sin embargo, observa qué opinión el pueblo tenía de ellos. Los tenía como hombres  con “poder y piedad”; exactamente como Jesús. Reflejaban lo que decían y respaldaban con sus vidas el mensaje que predicaban.

Mira con qué la iglesia crece. Es una equivocación pensar que una iglesia puede crecer porque tiene dinero. No por el dinero sino por el poder. Los líderes de la iglesia por sus buenos tres siglos fueron pobres como Pedro y Juan (v.6), no tenían ni oro ni plata, ni catedrales o  poder político entre los gobiernos de las naciones. Cuando la iglesia ya no pudo decir: “No tengo ni oro ni plata” tampoco pudo decir: “lo que tengo te doy” porque tampoco lo tenía; al llenarse sus arcas con dinero fueron perdiendo el poder espiritual, lo principal que Cristo les había dejado (lo único) para que llevaran adelante su obra.

Otra intención que tiene el texto es el esfuerzo que los apóstoles hacen para  ganarlos a ellos para esa fe; para que en su Nombre “tengan vida” (vv.13-16). Su mensaje de evangelismo está inspirado por el mismo deseo de exaltar a Jesús y le llama ante ellos “santo, justo y autor de la vida”. Predican de forma muy hermosa acerca del Señor. Pedro sabe que es el Creador del mundo, que todo “fue hecho por medio de él y para él” y que “en él estaba la vida de los hombres”. Eso es lo que creemos y por ello obtenemos vida, y “en abundancia”. Por eso oramos así, “no a nosotros sino a tu Nombre da gloria” (Sal.115:1).