jueves, 30 de julio de 2015

Autoestima y el valor que Dios nos da

 Lamentaciones 4:2
"Los hijos de Sion, preciados y estimados más que el oro puro".

Que valían más que el oro puro. Aunque este versículo sea un lamento, mira lo que dice de los hijos de Dios, "preciados más que el oro puro", o que valían su peso en oro puro, son de gran estima y valor, las joyas de Dios. ¿Esto aumenta la autoestima? Sí, la normal, la que se forma por el valor que Dios nos da, por ser obra de Dios, creados por él con dignidad,  y por las muchas cosas que él nos concede. Es un concepto correcto de nosotros; primero en relación con él y con su obra de gracia. Es gloriarse en la gracia misma.
No es aquella autoestima carnal, la que se gloría en la persona misma, en los valores naturales, y gira alrededor del yo; sino lo contrario, aquella que se eleva hacia el trono del Señor y lo bendice por la justicia imputada de Jesús. Ni siquiera sobre los restos de la imagen perdida por la caída en pecado y la semejanza deformada de Dios que por naturaleza heredamos; no es una autoestima edificada sobre los mandamientos de Dios y el potencial humano para cumplirlos, no es una virtud intrínseca, es el gloriarse en el Señor, es una exaltación espiritual por medio de la gracia de Dios de Jesucristo y una obra entera del Espíritu Santo.

No hay que sentirse siempre vestido de cilicio y postrados en tierra ni decirse continuamente, “no tengo valor y no sirvo para nada”. ¿Es eso cristiano? Claro que no. Son las doctrinas arminianas metidas dentro de esos desperdicios adámicos, sentadas sobre el yo, las que insisten en preservar dignos  los residuos benevolentes de la imagen humana y dice “yo valgo mucho, nadie vale más que yo” y dice “me amo primero y luego a los demás” porque el que diga eso poco ama a los otros; y es una incipiente megalomanía esa forma de pensar. Sí, son las doctrinas de Arminio, no las de Calvino, que exalta la gloria de Dios y coloca al ser humano donde más alto pudiera elevarse, en la total gracia.