miércoles, 15 de julio de 2015

Una ficción onírica y entonces me desperté

Isaías 59:21
“Este es mi pacto con ellos: Mi Espíritu que está sobre ti, y mis palabras que he puesto en tu boca, no se apartarán de tu boca, ni de la boca de tu descendencia, ni de la boca de la descendencia de tu descendencia--dice el SEÑOR-- desde ahora y para siempre”.

Pensé: ¿Esto es lo que hubieran querido de Dios los cautivos en Babilonia? Pudiera ser que no. No religión sino mejora política, que se terminara el exilio y fueran otra vez económicamente prósperos. Un país nuevo. Y Dios dijo eso sí pero después. Las estructuras cambian si los hombres cambian. Y los hombres cambian si Dios los cambia. El origen de toda genuina transformación social es el Espíritu Santo y el evangelio. No la superchería religiosa ni quimeras obreras sino la pura Biblia.
No les ayudó primero a salir de la crisis económica ni les arregló el gobierno. A la economía y a los políticos les llegaría su turno. El Señor dijo: “Voy a convertirlos a mí y después me encargo de lo otro”. Y fue así. Y se derramó su Espíritu sobre toda carne y las costas oyeron hablar de los montes, Olivos y la Calavera.
Se empezaron a montar seguros en el Metro  “desde la puerta de Efraín hasta la puerta Vieja y a la puerta del Pescado,  y la torre de Hananeel,  y la torre de Hamea,  hasta la puerta de las Ovejas”;  y bajarse “en la puerta de la Cárcel” sin que alguien les asalte con un cuchillo y les quite lo que es suyo (Neh. 12:39). Los cortos viajes en bus o en avión desde Jerusalén a Gaza o Ascalón eran seguros y los fanáticos religiosos que andaban hacia Damasco fueron interceptados por una gran voz de fuego celestial y quemaron allí mismo las órdenes de arrestos diciendo “¿Señor qué quieres que hagamos?”, y explotaron sus granadas donde no había nadie.
Los de la casa de César ya no temían amenazas de sus amos y sonreían contentos porque los cocineros cocían los alimentos con buenos humores y cantando himnos, y a la alcoba presidencial no llegaban las meretrices. Y los policías del palacio no aceptaban sobornos. Mezcló un Nazareno con su evangelio la medicina social y la dio a beber a todos e hizo sociedades nuevas. Y los ricos lograban entrar, como pidió, pasando por el ojo de una aguja.
Los pastores regían con mano de hierro la moral de las iglesias y las vidas de ellos refulgían como pepitas de oro. Los carniceros en Corinto estaban encantados con que la gente pidiera la mercancía y regateara los precios en diversos géneros de lenguas, y los entendían bien. Y les hacían descuentos porque bebían de un mismo Espíritu y de una Roca que los seguía (1Co. 12:13). Y se abrazaban las razas debajo de un mismo techo.
El Espíritu había tomado las riendas del Israel  de Dios y del Imperio, y sin la ayuda de dioses ni mitos políticos, la Palabra de Dios corría por las calles y la gente la glorificaba, cambiándoles por otros nuevos, los nombres a las calles: Derecha, Calzada en la Soledad y Vía Dolorosa, y a quitar de sus coloniales paredes las caras santas y sustituirlas por textos de la Biblia, de catedráticos y héroes de la fe. Fue una ficción onírica. Entonces me desperté.  Esto es una ficción literaria.