lunes, 10 de diciembre de 2012

Se reportaron dieciocho muertos en un accidente

Lucas 13:1-5
En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos. Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”.

Sobre ese asesinato y el accidente de la torre, sólo se conoce esto. No siempre se puede determinar el carácter moral de una persona por la clase de muerte que le ocurre, ni asegurar por ella si ha sido castigada por Dios conforme a sus iniquidades o recompensado por su bondad. Muchos santos han sufrido una muerte espantosa, como los mártires que padecieron torturas horribles y luego los quemaron en hogueras o los echaron al circo romano para que los leones se los  comieran. Juan el bautista y posiblemente también Pablo, fueron decapitados. Isaías fue aserrado. Si por esa clase de muerte fuéramos a juzgar la piedad o impiedad de ellos pensaríamos que fueron injustamente tratados por Dios o que eran hombres malos. Pero no, no fueron castigados por Dios por algún pecado que cometieran.

La muerte es la que es un castigo por los pecados no la clase de muerte. Un hermano o hermana puede morir después de una larga y terrible enfermedad o en un espantoso accidente automovilístico, la caída de un avión, alguna explosión, o asesinado salvajemente por algún delincuente. Un niño morir quemado, devorado por algún pez o padeciendo inútilmente una enfermedad que le contagió un adulto. Un hombre malo puede morir apaciblemente en su lecho a una edad muy avanzada como si hubiera vivido virtuosamente. Sólo en algunos casos Dios usa la clase de muerte de una persona como castigo por sus pecados, como ocurrió en el primer siglo con una pareja llamada Ananías y Safira, o aquel otro que se le pudrió el cuerpo con gusanos. Dios ha prometido juzgar los pecados de los hombres no ahora sino cuando sean llevados a juicio, en el día del juicio final, en el comienzo de otro mundo; ahora mayormente lo que se recibe son las consecuencias de los pecados, la retribución natural debida a sus extravíos (Ro 1).

Salvo ciertos casos cuando Dios quiere tomar la clase de muerte de una persona para aleccionar a los vivos; casi siempre esa muerte no está relacionada con la vida moral, pía o impía que la persona tuvo. Si eres un gran santo y sufres una penosa enfermedad, no pienses que Dios te está castigando por algún pecado escondido que tus ojos no ven (David pensaba así), y si disfrutas de una excelente salud y la gastas viviendo "perdidamente", en una provincia  apartada de Dios y entre seres inmundos, no te gloríes que has tentado a Dios y has escapado y dices que se pueden hacer males "para que vengan bienes", porque si Dios no te castiga ahora, peor para ti, te condenará con el mundo, lo hará ante el tribunal blanco, y las bendiciones que recibiste sin merecerlas y las que mal dispensaste, serán testigos en contra de tu ingratitud y mala voluntad hacia él.

Por supuesto que aquella vieja torre se cayó porque sopló fuerte el viento sobre ella, porque estaba mal construida, o porque necesitaba reparación y no se la dieron. Se puede reflexionar en las causas naturales y humanas que produjeron su derrumbe. No obstante ese accidente y la muerte de aquellos que se encontraban dentro o debajo de la torre no pudieron haber ocurrido sin que fuera la voluntad de Dios. El Señor pudo haberles llamado la atención para que salieran antes del derrumbe, o alguien llamarlos, ellos oír ruidos en las paredes y salir inmediatamente, sin embargo nada pasó y en total silencio el accidente los sorprendió y quedaron sepultados. No es posible imaginar a un Dios nuestro que sea inferior o que esté  con los brazos cruzados conociendo lo que está ocurriendo, va a ocurrir y sin que sea su voluntad, en contra de ella, permite el accidente.

La voluntad permisiva de Dios no es la solución para aclarar el por qué pasan las cosas, es más bien una evasión de la realidad para no complicar a Dios. Cualquier cosa que Dios permita es que es su voluntad y nuestra tarea no es juzgar sus propósitos, sus misterios, sino tratar de interpretarlos con la luz de la razón que tengamos, y pensando en aquellos asesinatos o lamentable accidente en Siloé, aprender algo de aquel puñado de muertes y la falta de mantenimiento de la torre que lo ocasionaron. Cuando los accidentes ocurren no es necesario sacar a Dios del asunto sino más bien introducirlo y con humildad pedirle sabiduría para leer entre líneas su mensaje, gracia para obedecerlo, consuelo, y esperanza para soportarlo.

Si no se usa una buena teología para interpretar los accidentes, las lecciones divinas van y vienen, los hombres son golpeados por sucesos trágicos, y se tornan tan necios que le vuelven la espalda a la muerte y se ponen a hablar de la vida y las glorias de los difuntos, y a celebrar con sonrisas, cánticos y homenajes, como si nada hubiera pasado, o tal vez con muchos sentimientos y lágrimas y nada de reflexión ni oír la voz de Jesús que nos llama al arrepentimiento, o por lo menos con tales festejos y shows, tal vez sin quererlo, anestesian el dolor del hecho de que dieciocho cadáveres han sido recogidos, destrozados debajo de los escombros de una torre que nadie esperaba que se cayera, o de un avión que se estrelló con tanta violencia que los pedazos de metal del aparato podían recogerse entre 200 y 300 metros, y a igual distancia cuerpos horriblemente dañados incluyendo a una bonita y cristiana actriz mexicana que llamaban "la diva de la banda".