domingo, 2 de diciembre de 2012

Los pecados no nadan ni flotan, se ahogan


Miqueas 7: 18-20
“Y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”.

Si esa promesa es para todo un pueblo ¿no lo será para dos, tú y yo? ¿Qué Dios como el nuestro que ahoga nuestro pecado en el mar? ¿Los pecados se ahogan y no nadan ni flotan? No flotan porque pesan como dice He. 12: 1 y se van al fondo del mar, si esa figura resultara literal. O al fondo del sepulcro donde Cristo los depositó porque él bajó a “las profundidades de la tierra” (Efe. 4:9).

Es bueno inferir, que con ese modo los saca de la vista de los hombres y de los ángeles porque no leo que alguno de ellos pueda mirar lo que hay en el fondo del mar, sobre todo si está allí escondido. Aquí en este mundo nosotros y los demás recordamos los pecados pero en el venidero no ha de ser así. Si fuera de ese modo no podríamos allá escapar de la culpa y eso ocurre en el infierno no en el cielo. Si la conciencia y la memoria son sanadas, sólo recordarán lo que Dios quiere y el resto será olvidado como se olvidan las cosas cuando han pasado muchos años.  No los hombres sino Dios, olvida nuestros pecados aquí porque el pecado no puede invalidar perpetuamente las promesas y el pacto de Dios. El perdón de Dios como es perfecto incluye borrar nuestros pecados del recuerdo de todos.  El Señor está con nosotros, la historia continuará, seguirá con su propósito, no se saciará en su justicia porque se deleita en ser misericordioso.

Saldremos de esta situación, pasaremos adelante, nos reuniremos, comenzaremos, no desapareceremos porque los atributos de Dios y las características de su persona no nos dejarán desaparecer. Porque lo último que existe en Dios, en lo profundo de su corazón no es justicia sino misericordia y los seres humanos que saben eso se esfuerzan en entrar hasta ella, aunque pasen bajo sus amenazas, maldiciones y castigos porque ninguna de ellas es exterminadora y al fin hay perdón. No hay ninguna razón para ser malos, persistir en ser malos, en ser indiferentes para sus mandatos o independientes para ser malos, en ser libres para ser malos, no tiene sentido ser negativos, rebeldes, ateos, blasfemos y mentirosos, adúlteros, incrédulos, frente a un Dios eterno, seguro, bueno, perfecto y misericordioso, alumbrado por la esperanza; abierto a todas las oportunidades y dispuesto a cerrar sus ojos y ahogar nuestra vida pasada pecaminosa, o más bien sepultarla.

Es la cosa más extraña e insólita del mundo decirle que no a ese Dios, ignorarlo para ser lo que somos, lo que queremos y no lo que debemos ser. Miqueas no habla de Cristo porque es un paso extra que Dios ha dado, para hacer más amplia la antigua esperanza; más clara la oportunidad, más perfecto el perdón, poniendo ante nuestros ojos la consumación de su justicia y la amplitud total de su amor en su cruz, amén.