sábado, 15 de diciembre de 2012

Lo que es de Dios, para Dios, y lo que es de Elizabet, para ella


Lucas 1:5-13

5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. 6 Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. 7 Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada.8 Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, 9 conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor.10 Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso.11 Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso.12 Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. 13 Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.


Zacarías era el padre adecuado escogido por Dios de entre la octava clase de las veinticuatro divisiones que había hecho el rey David para el sacerdocio. Su esposa Elisabet, lo mismo, tenía sangre sacerdotal; y ambos tuvieron el privilegio de tener un gran hijo, Juan el Bautista, y este la bendición de tales padres. Esta historia se cuenta por causa del hijo y sobre todo por causa del ministerio al cual sería llamado en relación con Jesucristo (v. 5).

Aunque Juan el Bautista, habría de exceder en fama e importancia a sus dos ancianos padres, ellos merecen que se les distinga al menos por una cosa sencilla, su matrimonio. De modo muy suave y con sólo una pincelada, el Espíritu Santo menciona que él era un sacerdote y ella una de las hijas de Aarón, o sea dos personas verdaderamente santas y consagradas al servicio de Dios, un matrimonio planeado por Dios con la sabiduría que les dio a ambos para formar una pareja ideal, con el mismo espíritu de amor y servicio al Señor, y capaces de criar a aquel hombre que habría de convertirse en el último y tal vez más importante profeta de Israel.

Zacarías le dice al ángel que él y su mujer ya son viejos (v. 18); esto dentro del mundo judío equivalía a tener sesenta años o más. Generalmente las parejas se casaban jóvenes, así que este matrimonio no tenía una unión frágil, comprobación es que tenían más de cuarenta años casados, sin que ninguno de los dos se le ocurriera vivir sin el otro. La fortaleza de tan larga unión tiene que ver con la formación religiosa de ambos, porque ambos eran "irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor" (v. 6). Ella se comportaba como era digna de una hija de Aarón y él como debía hacerlo un sacerdote.

Esa es la razón por la cual esta pareja ministerial había servido a Dios tantos años sin presentar ninguna clase de problema doméstico, y sin tener que acudir a algún profesional para que les ayudara a tratarse mutuamente como es debido porque estaban pensando en carta de divorcio. La mayor parte de los mandamientos a que se refiere aquí tienen que ver con relación a Dios, y como eso era excelente, no tenían ninguna clase de problema entre los dos, él no desatendía el hogar por estar quemando incienso, sacrificando animales y esparciendo sangre; Elisabet no se sentía abandonada por la dedicación vocacional de su marido, y él era sabio como para darle a cada cosa su lugar, lo que es de Dios para Dios y lo que es de Elisabet para ella. Este era un matrimonio pastoral irreprensible, sin mancha, cuyo ejemplo podía ser imitado por todos los que conocieran, sobre todo los sacerdotes más jóvenes y sus esposas recién casadas.