sábado, 3 de noviembre de 2012

Cuidado con las mujercillas atractivas

2 Timoteo 3:6-7
“Porque estos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Estas siempre están aprendiendo y nunca llegan al conocimiento de la verdad”.

El contexto menciona aquellos que profesan piedad pero carecen de ella. Si miras anteriormente podrás quedar sorprendido de que tales personas no regeneradas (impetuosos, blasfemos, calumniadores, implacables, infatuados), hayan podido cubrir tan bien esas cosas con el manto de la piedad. Pero lo logran, porque aprenden a ser perfectos artistas y hacen de la religión un negocio lucrativo.

Una común costumbre de los pastores falsos con los verdaderos es que son visitadores. Como el dinero no va a ellos, ellos van donde está el dinero, y así se complacen en ser maestros ambulantes, evangelistas, misioneros, predicadores; hábiles visitadores, dado que van a las casas, pues dice que “estos son los que se meten en las casas” (v.6). La visitación por las casas es algo bueno, practicado por la iglesia primitiva (Hch. 5:42), Pablo no dice nada en contra; pero sí lo hace contra  el propósito con que  entranse meten” (endunontej ,endúnontes), que significa meterse escurridizamente, subrepticiamente, arrastrándose como una serpiente (serpenteando), gateando como un león hambriento. Ellos tienen un hambre terrible de almas.

El Señor mandó que al llegar a una ciudad, sus discípulos se informasen de quién en ella fuera digno, que posaran y predicaran dentro de esa casa. Si ves todo el texto (Mt. 10:11-14), podrás notar que todas las averiguaciones que hacen, los informes que recaban, la llegada, el saludo, la presentación de los motivos, es digno. No hay ningún indicio que subrepticiamente se estén metiendo dentro de la casa. Las palabras del Señor indican un método digno del misionero de modo que abre la posibilidad del rechazo; cuando sabido el motivo de la llegada de  un extraño, se opongan. Pero así no obran los proselitistas indignos, sino que les abren un poquito la puerta, y tratan de meterse por la rendija. Jesús dijo que si no los recibían, sacudieran sus pies y no volvieran más por allí. Pero los proselitistas interesados más en lo material que en lo espiritual, anuncian, según ellos la salvación, de una forma sagaz. De estos habló Pablo en otro sitio (Tito 1:11 “que trastornan casas enteras”; y en Judas 4 “porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación…”.

El resultado que vendrá con la visita religiosa de un hombre inconverso es una tragedia.  El peligro de un falso maestro religioso, vestido de piedad, es enorme; tanto por la herejía que enseña, la cual es mortal para el alma, como por el peligro que trae con su relación personal. Peligro para la ama de casa, peligro para las hijas, peligro para las criadas que se sientan en torno a él para oír sus lecciones. Un hombre inconverso es más amador de los deleites que de Dios (v. 4), y resulta funesto. Las casas de la iglesia tienen que ser protegidas; las hermanas no abrirle la puerta a nadie que no sea genuinamente piadoso, no permitirle la instrucción y la confianza, aunque ponga cara de santo. Pablo dice que las cautivan. No viene para hacer más fuerte el hogar sino más débil, y la familia con el tiempo maldecirá el día en que le permitió aquella relación.

En ese trabajo “pastoral” estos individuos sin vocación divina conocen mujeres con las cuales pecan, no son las mejores mujeres de la iglesia (o de donde sea), sino que Pablo las nombra como mujercillas y luego dice que están “cargadas de pecados”. No les llama “mujeres”, sino que usa un diminutivo porque son menos mujeres que otras. (La NVI la traduce como “mujeres débiles”). No porque lo sean por la estatura sino que lo son por el alma, por la virtud, por la moral. El pecado reduce, achica. ¿Son más mujeres las que hacen eso? No, son menos. La santidad es la que hace a un hombre tal, y a una mujer tal. A las grandes mujeres de Dios, aquellas que viven con temor y temblor por su salvación, a las que son verdaderamente espirituales y no carnales, a ellas, estos no engañan. No se enamoran de ellos y a la más pequeña insinuación rompen toda relación con él y lo despiden como líder espiritual.

“Cargadas de pecados”, está en participio perfecto, pasivo. No en futuro. No es que ellas se carguen de pecados con esos maestros sino que ya lo están cuando los conocen; y como no se han arrepentido de sus inmundicias suelen dejarse cautivar por ellos. No es que las corrompan sino que ya lo están, y de eso se aprovechan. Estas mujeres bautizadas en la iglesia cristiana y activas son de tentación para los hermanos y en especial para el pastor, que nadie tendría como extraño que la visite o le dedique mucho tiempo en consejería. Si la visita debiera hacerlo con su esposa.

Fíjate que llama mujercilla a una pequeña mujer dominada por su concupiscencia, pues dice que son “arrastradas por diversas concupiscencias”. Eso es precisamente lo que los encanta, las concupiscencias de ellas que son diversas (o de muchos colores como dice: poikilais), atractivas, bellas. Mujeres sexualmente muy atractivas que engatusan con su aparente piedad. Son las embellecidas concupiscencias que tienen, las que hacen que nazcan recíprocamente afectos entre ambos, un ministro de Dios o un falso maestro.

Ojo, que parecen ángeles, aparentan ser discípulas; y no se puede negar que  aprenden y esto entusiasmaría al ministro joven como Timoteo; pero en tal caso, esas señoras   no se convierten. El aprendizaje que alcanzan es carnal, aprenden según la carne a Cristo y no espiritualmente (2 Co. 5:16). Recuerdan los estudios, mencionan los sermones, piden oración al ministro, están dispuestas para todo, y lo engañan haciendo que piense que es más útil para su ministerio que su esposa. Tales mujercitas si se les examina podrían obtener un diploma con el máximo de puntuación, pero en piedad cristiana cero. No llegan a ser espirituales. Son religiosas pero no son convertidas. Esa aparente mezcla de Virgen María y Rahab la prostituta, las hacen peligrosísimas. 

Siguen siendo sensuales, esclavas de concupiscencias distintas. Aprenden mucho pero no aprenden la verdad. Saben la verdad, pero no conocen la verdad porque no disciernen el cuerpo de Cristo (1Co. 11.29). No se alcanza el conocimiento de la verdad sino hasta que se practique porque la verdad es según la piedad (Tito 1:1) y la piedad es según la verdad. No practican la piedad porque no han conocido la verdad y no han conocido la verdad porque no viven cristianamente.

La mujer que se convierte a Cristo es completamente distinta, se convierte en espíritu, adquiere una relación espiritual con él más que intelectual; su aprendizaje lo lleva en su corazón y es la sustancia misma de su existencia. A estas otras, ministro de Dios, no las visites, no las aconsejes sean solteras, o casadas con problemas en el matrimonio. No seas consejero de ellas. Cuéntale a Dios el peligro que corres, él ya lo sabe, y hazle   caso a las protestas de tu esposa sobre esa “amistad”, que son de Dios para tu bien, no para tu mal. El diablo siempre estará tratando de cambiarte la mujer que Dios te dio, engañándote, haciendo que creas que hay otras mejores, que te equivocaste al elegir, y las que te oferta son esas que el apóstol menciona a su amigo, mujercillas.