lunes, 5 de noviembre de 2012

Herodes, Mitt Romney y Obama

Mateo 14:5  
 Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo; porque tenían a Juan por profeta”.


Nota el prudente predicador que Dios le envía a Herodes. Es deber de cada cristiano predicar las buenas nuevas y exhortar a todos los hombres a que sean salvos. Hay una clase, los que tienen dinero o poder, que a menudo son abandonados, nadie les habla de Cristo de modo que puedan ser salvos, bien porque les temen o porque quieren sacar ventajas de las relaciones que con ellos mantienen.


Juan intentaba convencer a Herodes de su pecado, (Su adulterio con Herodías), pero aquel hombre que era blando para ser seducido por una mujer era duro para tratar al siervo de Dios. Mateo nos dice que lo puso en prisión, lo encadenó como si fuera un criminal y además pretendía matarlo.

Podía haberse hecho el sordo a sus prédicas, no haberlo recibido más, haberlo desterrado a otro país porque tenía poder para hacerlo; pero no, sus ansias no quedaban satisfechas con todo el daño que la había hecho, deseaba su muerte. Lo que quería era venganza, la pena máxima. Se sentía herido, ofendido en su amor propio, aunque ningún otro se lo hubiera dicho con más medida que Juan. “No te es lícito tenerla”, le dijo. No le habló así: “Desvergonzado, inmoral, incestuoso, corrompido de alma y corazón”. Lo único que aquel santo le dijo fue que no le era legal ante Dios hacerlo. El enfoque que le daba al pecado del rey más que moral era legal, porque lo que el profeta quería no sólo era que fuera un hombre moral o decente sino que obtuviera justificación de su crimen. Lo que deseaba era su salvación, que Dios lo absolviera. “No te es lícito tenerla”. Nadie había sido tan franco con él como Juan. Otros hablaban de su pecado a su espalda y lo alababan  en frente. Juan no era de esos. Nadie lo había tratado con tanto respeto teológico.

Herodes lo odiaba, no quería su predicación teológica, ni su franqueza, ni su interés espiritual. El mismo sentimiento de muchos, que cuando son atrapados en sus pecados por el evangelio, aborrecen de corazón a la persona, la predicación y la teología bíblica del predicador. Es el odio a muerte que sienten algunos Herodes por la predicación de la ley de Dios o algunas de las doctrinas de la gracia.
Fíjate que Juan era un predicador prestigioso. Pero el odio mortal por Juan hallaba un freno: el prestigio profético del predicador. Juan era considerado como un profeta. “Porque tenían a Juan por profeta”. No porque él le respetara por ser “ungido” de Dios, ni porque fuera la voz del Omnipotente, sino porque dándole muerte era como atacar la religión de los judíos, su templo, su Biblia. El miedo de Herodes no era poner mano sobre uno que era precioso a los ojos de Dios, sino al desencadenamiento político adverso que podría tener su acción.

Han existido otros gobernantes, que heridos en sus conciencias por la palabra de Dios, de buena gana hubieran hecho desaparecer a todos los predicadores, pero lo han pensado mejor por causa del pueblo, no por Dios, porque temen perder los votos hiriendo la conciencia religiosa de sus electores. Los tiranos tiemblan ante el pueblo y no hay cosa que odien más que a la democracia y a Dios.

No era Herodes el que tenía a Juan como profeta sino el pueblo. No porque predijera algo o hiciera señales (no hizo ninguna), sino porque predicaba mucho sobre el arrepentimiento. No fue un político ni amotinó gente, no agitaba revueltas contra el gobierno, la ley que Juan defendía era la ley de Dios y lo que intentaba  era corregir al rey en sus pasiones pecaminosas. No predicaba en contra de Herodes sino de su pecado, uno de los muchos que afectaban su vida pública. El prestigio inmaculado de aquel extraño predicador lo ponía por el momento fuera de sus manos, ávidas por sangre.

Dios necesita predicadores que se ocupen de las almas de los gobernantes. Pero el gran Predecesor fue decapitado. ¿Valió la pena su interés espiritual en la salvación de aquella zorra? ¿No hubiera alargado su vida y ministerio si en vez de predicarle a Herodes lo hubiera hecho a otros, dejándolo pasar? ¿No fue un exceso de celo? ¿Valía más el alma del jefe de gobierno que la de cualquiera otro pecador? Quizás así se preguntaban muchos; pero el plan divino de salvación incluye a los gobernantes, y son pocos los que escuchan una predicación profética que no sea lisonjera y para sacarles provecho.

Cuando el Señor llamó a Pablo le dijo que debía testificar “ante reyes” (Hch. 9:15). Dios quiere que se les predique a los reyes, por ellos mismos y por las vidas de los que gobiernan. En vez de gloriarnos en conocerlos, pedirles favores, o adularlos, lo que hay que hacer, quien pueda hacerlo, es visitarlos como profetas y recordarles que han sido puestos por Dios más que por el pueblo y deben honrar sus cargos para gloria de quien allí los puso. Pablo era un profeta y tenía amigos entre las autoridades de Asia (Hch.19:31); sin embargo nunca trató de sacar partido de aquellas relaciones, prefería ser ayudado por la providencia más que por el dinero o el poder político. A Félix muy a propósito le predicó (Hch. 24:24-25), de modo que le asustó, aun le aterrorizó. Dios enviaba sus predicadores a los reyes. ¿Quién le habrá hablado a la conciencia al presidente Obama, quizás hasta mañana 6 noviembre, o al gobernador Mitt Romney, si se vuelve inquilino de la Casa Blanca? Según ellos son  cristianos, pero ¿lo son? Uno difícilmente haya renunciado completamente al Corán, y el otro al libro Mormón.

Volviendo a Juan.
Le dijo que no le era lícito vivir en pecado, Pablo le dijo a Félix que tendría que comparecer ante el juicio de Dios como un pecador cualquiera, porque también era un adúltero, y que si no se arrepentía la condenación lo alcanzaría. ¿Es así como un profeta preso aprovecha una entrevista con las autoridades que lo pudieran sacar a la calle?
Para Juan era más importante predicarle al rey que extender su ministerio unos años más, para Pablo era más importante predicarles a los reyes que sacarles una amnistía. ¿Serán así los que ministran a Dios bajo las sombras de las casas de gobierno, por ejemplo en la Casa Blanca de Washington D.C.? Debemos orar a Dios por los reyes, por todos los que están en eminencia y por los profetas comisionados para salvarlos (1Ti.2:1-4).