sábado, 17 de noviembre de 2012

Caminando y suspendiendo la ley de gravedad

Salmo 148:8
“El viento de tempestad que ejecuta su palabra”.

¿Son los ciclones, huracanes, tropicales tempestades, nada más que ciegos fenómenos naturales producidos por cambios atmosféricos? Los meteorólogos nos dicen solo cómo se producen. Sí, el aire caliente, la intensa humedad, las presiones, propician la salida de vientos y el comienzo del fenómeno. Las temperaturas frías lo detienen y lo matan.  Esas son algunas condiciones, pero ¿por qué? Ese es el procedimiento natural, las leyes. ¿Por qué existen esas leyes, por qué unas veces se juntan esas condiciones y otras no? ¿Siguen las tempestades un curso caprichoso y errático? ¿No sorprenden, a veces, con cambios bruscos, a los meteorólogos y no se ajustan a ningún modelo?

Jesús no negó desde antiguo que por observación del cielo se puedan hacer predicciones, cuando mencionó los pronósticos del tiempo sobre la base de los arreboles del cielo (Mt. 16:2,3); y eso que en sus días no se conocía mucho sobre los movimientos del viento, ni se sabía de dónde venía ni a dónde iba (Jn. 3:8), pero hoy con el avance de la tecnología se puede de este asunto para más o menos saber, como dijo Salomón, qué sentido tienen los giros del viento

Es la misma idea del Salmo 147:15-19, por la palabra del Señor tienen lugar todos esos fenómenos conocidos.  No es una explicación que se le dé por ignorancia de las leyes que rigen las tormentas, las nevadas y la lluvia; más bien por el v.6 se da cuenta que hay una ley pero que es dada por Dios: “Le puso ley que no será quebrantada”. Eso es distinto a la cosmología pagana que adjudica los fenómenos naturales a dioses, donde ellos los operan sobre la base de sus propios caprichos o intereses volitivos. No, el Dios de la revelación opera el mundo con leyes y eso falta dentro de las invenciones religiosas de los humanos. Los adoradores de Jehová no excluyen sus leyes sino que él ejerce su voluntad por medio de ellas. El viento y la tempestad ejecutan su palabra.

Lo que está claro es que el Legislador se halla por encima de las leyes que creó. Jesús caminó sobre las aguas neutralizando la gravitación, como si fuera “un mar de vidrio”, y ordenó como a un personaje, a los vientos que se callaran y la tormenta cesó. Cristo es esa palabra (Jn. 1:1-18) por medio de la cual el mundo fue hecho. De sí mismo hizo la luz. Si observas el prólogo del evangelio de Juan verás que la palabra que crea la luz física es la misma que crea la luz espiritual, el conocimiento de Dios. No se puede distinguir fácilmente cuando Juan está hablando de la luz del universo o de la luz de la revelación; “…aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre, venía a este mundo, en el mundo estaba y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”.

La vida y los hechos de Jesús son pruebas fehacientes de que Dios hizo el mundo, que lo hizo por medio de él y que continúa gobernándolo por medio de su palabra. Sus leyes admiten su intervención, son expresiones de su voluntad; ellas solas no gobiernan el mundo con voluntad impersonal, sino que obedecen las intenciones y deseos de la Deidad. Esa es una razón por la cual hallamos en la teología paulina al Hijo mencionado cuando se refiere a Dios como Creador. Debemos reflexionar seriamente sobre la palabra que nos es dicha en la Biblia porque quien la inspiró es el mismo que por ella hizo el cielo y la tierra y que murió para purificar nuestros pecados (He. 1:1-3). El cielo y la tierra pasarán pero sus palabras no pasarán. 

Mire con moderna admiración, la del siglo XXI, a Jesús andar sobre los párrafos de la ley de gravedad y poner los pies justo donde puso los números en forma matemática, y dejó que la ecuación sumara cero y no se tragara alguna parte de su cuerpo más allá de la tensión superficial, activando con su mismo peso la fuerza de empuje hacia arriba, del agua, y anduviera, por el viento flotando sus cabellos, hasta que le dijo con un dedo frente a sus labios, “¡shiii, no hagas más ruido”.