miércoles, 28 de noviembre de 2012

Si fuera válido aritméticamente concebir el infierno


Lucas 8:31
“Y le rogaban que no les ordenara irse al abismo”. Los diablos no quieren ir al infierno afuera del cual andan, son los hombres los que no tienen miedo ir allí y acogen la muerte en pecado con un simple resignado encogimiento de hombros; si supieran, como los demonios lo saben, lo que es el abismo, sentirían terror de ir a ese lugar. Los ángeles se alegran cuando un pecador se arrepiente porque conocen de la condenación tan espantosa que se ha salvado (Luc. 15:10). Los demonios andan afuera del abismo no porque pueden sino porque se les da permiso; aquí en la tierra. No hay otro sitio donde ellos puedan ir, si no es en la tierra, aunque sea dentro de cuerpos de cerdos, en lugares secos, tiene que ser en el infierno. El hecho de que la tierra es el único lugar donde ellos pueden estar significa que es el único sitio donde hay vida y corrupción; cualquiera otro lugar sideral que imagine seres semejante a los hombres en pasiones y forma, es pura fantasía, un producto del cine moderno.

En el NT el infierno se piensa como un abismo, un hueco, un lugar infranqueable o sima (Luc. 16: 26) o un pozo sin fondo (Apc. 9:1, 2). No debe ser un lugar de absoluta aniquilación porque el miedo diabólico aquí revelado y la conciencia de los pecadores mostrada tras la muerte en otros pasajes, no revelan que alcancen un clímax de extinción eterna sino más bien de muerte eterna, que no es lo mismo. Ha de ser un lugar de mucho sufrimiento; eso sí, un vacío, una depresión, la nada, un sitio sin Dios, al menos sin sentirlo. Debe ser algo muy espantoso existir en la nada, yéndose siempre hacia la nada, convirtiéndose en nada, volviéndose nada, desintegrándose perpetuamente, aniquilándose sin fin.  

Un lugar y un estado donde se existe pero de modo negativo, a la inversa, como boca abajo, al revés, como salir a la eternidad por la parte de atrás, navegar de espaldas, desde el primer día de la muerte convertirse en menos uno, menos dos, menos tres, menos mil; partiendo desde el cero hasta menos infinito, si es que fuera válido aritméticamente concebir el infierno.

El infierno es la contrapartida de la existencia, la fuerza negativa del mal, un lugar creado por Dios para el diablo y sus ángeles (Mt. 25:41) y que se describe como "las tinieblas de afuera"  (Mt. 21:30); es decir unas tinieblas afuera de Dios que es luz; para depositar en él todas las fuerzas del mal, que son las potestades y principados, los gobernadores de las tinieblas, poderes espirituales (Efe. 6:12). No hay injusticia moral en eso, es una necesidad físico-espiritual, un derrotero tomado por elección propia, voluntariamente, la entrada a un viaje perenne iniciado en este mundo.  Allí irán todas las fuerzas negativas del mundo, la antimateria, anti-dios, anticristo, todo lo a y lo anti, que indique esencialmente ausencia y oposición: lo amoral, lo inmoral, lo feo, lo oscuro, lo dudoso, la incertidumbre, la negación de lo que es, el ateísmo, el agnosticismo, la mentira y la muerte. Hoy los hombres hablan de fuerzas psíquicas, fuerzas de la mente y de poderes espirituales o energías, de modo abstracto sin personificarlos como enseña la Biblia; las usan en investigaciones de crímenes, en viajes astrales, en centros de espiritismos, en sesiones hipnóticas y en cultos de sanidades para obrar milagros. Todos los que las usen, que se pongan a disposición de ellas serán arrastrados al mismo sitio hacia donde ellas van y seguirán su destino: el abismo.