viernes, 23 de noviembre de 2012

Dios es una hermosísima contradicción


Salmo 145:3
"... su grandeza es inescrutable".

Hay dos palabras hebreas que se traducen inescrutable, ayin que significa “es nada” “no existe” “la nada”; Dios desde el punto de vista físico, bioquímico, es nada y por lo tanto es inescrutable, imposible de escudriñar, no existe. Si la ciencia se basa en el estudio de las leyes y procedimientos de la creación, Dios no existe para ella, aunque se suponga, es nada, cero, impensable porque su dimensión asusta, y porque si existe no existe aquí en el sentido que no tiene dimensión ni peso,  como el aire. Si es cierto que existe como dice la Biblia, existe allá, pero si “en él estamos y nos movemos”, está aquí y allá al mismo tiempo y sin espacio y sin tiempo, en una dimensión diferente, en “luz inaccesible” (1 Ti. 6:16), el Existente, “Yo soy el que Soy”, el Origen de todo y la Primera causa, por quién y por medio de quien todo lo que existe ha llegado a existir. Oh, ¡qué lindo es Dios! Me gusta su risa y cómo se burla de los entendidos. Aunque es un poquillo diferente a como dijo Einstein, “es sutil pero no hace picardías”.

La otra palabra hebrea es chequer que significa “examinar” “enumerar” “deliberar”. Si las dos se aplican a la existencia de Dios, esto es, sus atributos: eternidad, omnisciencia, omnipresencia, gloria, etc., por un lado es inescrutable pero por el otro es examinable, deliberable y numerable, o sea, es lógico y matemático; no es científico pero sí es científico, no existe para la ciencia pero sí existe para la ciencia, pero con una inescrutable dimensión, una innumerable dimensión, una inexaminable (inventé la palabra)existencia y una no debatible existencia.

Dios es una paradoja, una hermosísima y ciertísima contradicción; y siempre un aspecto de él, el más profundo es asunto de fe, de creer en lo que nos dice de sí mismo y no de investigación, de teología no de ciencia, y de no pensarse así en esos dos extremos divinos, se enloquecen los sabios y se entontecen los entendidos (1 Co. 1:17-21; 2:6-9), se salvan unos y se pierden los otros.

La ciencia es muy hermosa cuando con la lámpara de la revelación bíblica se mete entre átomos, niveles de energías, protones, fotones y diserta hasta del hisopo que crece en la pared (1 Re. 4:33). Entonces sale corriendo desnuda y dice “eureka”, “lo encontré” o mejor dicho, en el lenguaje de Agustín obispo de Hipona, “¡me encontraste!”. No hay contradicción entre la ciencia y Dios, si ella tiene ojos en la cara y los dos no son ciegos.