viernes, 30 de noviembre de 2012

Déjate convencer fácilmente por Dios


1 Crónicas 28:2,3
“Mas Dios me dijo: tú no edificarás casa a mi nombre porque eres hombre de guerra y has derramado mucha sangre”. 

¿No fue la sangre de los enemigos de Dios? ¿Por qué mejor no le dijo: no te he llamado para eso, ese será trabajo para otra persona, no es tu campo? Había argumentos menos rebatibles, como por ejemplo su adulterio con Betsabé, sus años avanzados como pasó con Josué (Jos. 23:2), etc. Dios no quería humillarlo para decirle que no, ni dejarlo con culpas en su corazón; no es su propósito hacernos sentir culpables y crearnos traumas o complejos, y eso porque David se dejaba convencer fácilmente por Dios. Si hubiera insistido se lo diría.

Hay veces que no somos tan mansos como él y creemos que somos líderes de todas las cosas, que servimos para todo: podemos enseñar, predicar, visitar, profetizar, una especie de “hace de todo” espiritual. No nos dejamos obstaculizar fácilmente nuestra vida, y Dios tiene que oponerse fuertemente para que dejemos de hacer esto o aquello; queremos seguir a nuestro aire y rumbo, deseamos o pensamos que podemos hacer toda la obra de Dios, que está enteramente a nuestra disposición para que hagamos lo que queramos, cuando queramos y donde queramos; cada uno viene y hace lo que quiere, mete la mano donde desea y mueve o cambia lo que se le antoje. No. La obra del Señor tiene su organización y el propósito de Dios con nosotros también; las intenciones pueden ser buenas pero no bíblicas ni sabias. 

David soñó con hacer un templo para su querido Dios pero su amado Dios le dijo que él no deseaba que hiciera eso sino otras cosas, las que había escogido para él. Y le dio la función de cooperación, acumular materiales, entusiasmar, promover su idea y espíritu pero no hacer personalmente el trabajo. Haz todo lo que Dios te pide, no lo que ha dejado para que otros hagan, si puedes ayuda, pero delega en aquellos que el sabio Señor ha señalado de antemano. Conozcamos nuestras limitaciones, realicemos lo que se nos pide y no sintamos envidia por la comisión divina de otros.  Amén.