jueves, 15 de noviembre de 2012

Espantosos tragos de amor


Meditaciones mañaneras                            
15 Noviembre
“Podemos” (Mt.20:22).

Es evidente que el Señor nos ha puesto y nos pondrá en situaciones que son representadas por una copa llena de ajenjo y amablemente nos pregunta, ¿podéis beberla? El la coloca en frente, nos pide que la bebamos, pero espera a que en oración y sabiduría decidamos apurar su contenido. Algunas veces nuestros ojos no se percatan qué es lo que pasa; es su copa y ella no se va de ahí como quisiéramos, permanece en su mesa y sus ojos observan nuestros movimientos hasta que venzamos la carnal repugnancia y alarguemos la mano de la aceptación.

Es un gran privilegio padecer por Jesús, sufrir conflictos y contradicción de pecadores, ser azotado por su Nombre y padecer afrentas. Nuestra pobreza espiritual suele aconsejarnos verter su contenido, endulzarla un poco, pero el Señor no espera que hagamos eso, sino que siendo valientes la llevemos hasta nuestros labios y digamos: “Sea hecha tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. Los borrachos beben el licor del mundo en el cual hay disolución, pero nosotros debemos beber las copas que el Señor nos pone delante. Bien podemos gloriarnos con el número crecido que seamos capaces de ingerir, son nuestra experiencia cristiana, el testimonio que tendremos para alentar a otros con la consolación que recibimos mientras apuramos el espantoso trago de amor.

¿No hemos probado su fidelidad en muchos de esos sorbos amargos? ¿No hay promesas que nos son muy queridas, porque han sido como la roca que nos ha permitido reposo cuando mareados por el líquido divino casi perdemos el paso, y pensamos que desfalleceríamos en la senda? Sabemos que hemos bebido cosa mortífera y no nos hecho daño, el veneno que hemos tenido que tragar ha sido muy amargo, repulsivo, desagradable  en grado sumo, pero al fin nuestro espíritu lo ha digerido y no ha resultado fatal. ¿Qué habremos de temer cuando de nuevo tengamos que llevarnos a la boca igual contenido? ¿Podrá exterminar la vida de nuestra alma aquello que en tiempos pasados no pudo? ¿Estamos más débiles ahora?

Algunos dientes se han clavado en el talón de nuestra cabalgadura haciendo que como jinete caigamos atrás, pero, ¿qué fatalidad ha sido esa? Sabemos lo que es perder un caballo, morder el polvo, pero ningún hueso nuestro ha sido quebrado. ¿Podemos beber la copa que nos ha servido el gran Maestresala? ¿No es mejor eso, que la copa de la ira de su furor contra el pecado?