martes, 30 de octubre de 2012

No Holloween, sino Lutero y las indulgencias para perdones


El 31 octubre aquí en Norte América la gente celebra el día de Halloween, no como debiera porque es el glorioso día del comienzo de la Reforma de la iglesia en el siglo XVI. Para celebrar con acción de gracias esa fecha, para la gloria de Dios y honor de Martín Lutero, he copiado algunas páginas de la excelente biografía escrita por Roland H. Bainton.

“Como sacerdote de su iglesia, Lutero era el responsable del bienestar de su rebaño. En cuanto a las indulgencias para perdón de pecados, Roma no era el único lugar en el cual tales favores estaban disponibles, porque todos los papas delegaron a muchas iglesias de la cristiandad, el privilegio para repartir indulgencias, incluyendo la iglesia donde Lutero era el pastor, en Wittenberg. El día fijado para la proclamación de esas indulgencias fue el 1 noviembre, día de Todos los Santos, cuyos méritos proveían para la iglesia la extensión de indulgencias, y el beneficio de las reliquias de todos ellos que estaban a disposición. Federico el Sabio, el elector de Sajonia, el príncipe de Lutero, un hombre de una sincera y simple piedad que había dedicado toda su vida a que Wittenberg fuera como la Roma de Alemania en cuanto a las reliquias de los santos se refiere, tenía una colección de reliquias tan grandes que sumaban 5005 partículas de santos y que prendidas a cada una se encontraba una indulgencia de modo tal que la suma de todas esas indulgencias podrían reducir la estadía en el purgatorio en unos 1443 años. Eso esperaba.

“La colección que tenía Federico incluía un diente de San Jerónimo, de San Crisóstomo cuatro pedacitos, de San Bernardo seis trocitos y de San Agustín cuatro. De Nuestra Señora cuatro cabellos, tres piezas de su manto, cuatro de su cinto, y siete del velo manchado con la sangre del mismo Cristo. Las reliquias de Cristo incluían un pedazo de sus sudario, 13 de su cuna, un jirón de paja, una pieza de oro traída por los Reyes Magos y tres de mirra, una porción de la barba de Jesús, uno de los clavos sacados de su mano, un trozo de pan del que se usó en la Santa Cena, un pedazo de la piedra desde donde Jesús subió al cielo, y una de las ramas de la zarza que Moisés vio que no se consumía con el fuego. En el año 1520 la colección había alcanzado la cifra de 19,013 huesos de santos. Aquellos que pudieran ver estas reliquias en el día designado y contribuir con algún dinero podrían recibir del Papa indulgencias para la reducción de su estadía en el purgatorio, ya fuera para el que las comprara o para otros, hasta una extensión de 1,900,202 años y 270 días. Éstos fueron los tesoros que estaban disponibles en el día de Todos los Santos.

“Tres veces durante sus sermones en el año 1516 Lutero habló críticamente sobre estas indulgencias. El tercero fue contra Halloween, o la tarde de Todos los Santos. La venta de indulgencias en tiempos de Lutero no solamente se usaba para distribuir los méritos entre los que pudieran comprarlas, sino también para levantar fondos con algún propósito. Era algo así como el bingo el siglo XVI. La práctica brotó desde las cruzadas. Se les extendían indulgencias a aquellos que lucharon contra los infieles, y también a los que contribuyeron para los que iban a luchar en la Tierra Santa. La práctica de la venta de indulgencias se iba extendiendo para todas las cosas incluyendo la reparación de iglesias monasterios y hospitales. Federico el Sabio estaba usando la venta de indulgencias para reconstruir un puente sobre el río Elba. Este hombre, Federico el Sabio, evitó que el Papa pudiera introducir la venta de indulgencias en Wittenberg, pero se las arreglaron para venderlas afuera de su territorio y la gente se llegaba hasta allá para comprarlas. De esta manera su santidad el Papa León X recogía el dinero que necesitaba para la reparación de la catedral de San Pedro.

“La proclamación de estas indulgencias fue confiada a un dominico llamado Tetzel. Este hombre fue acompañado por algunos dignatarios de la ciudad y llegando hasta la plaza del mercado colocaron una gran cruz y allí predicaron de esta manera:

"Escuchen, ahora Dios y San Pedro los llama. Consideren la salvación de sus almas y las de aquellos que ustedes aman y ya han partido de este mundo. Ustedes sacerdotes, ustedes nobles, ustedes mercantes, ustedes dirigentes, ustedes señoras, ustedes jóvenes, ustedes ancianos, entren ahora a la iglesia, la cual es la iglesia de San Pedro. Visiten el lugar más santo donde se erige la cruz que ahora se encuentra delante de ustedes. Si ustedes cooperan en este momento delante de la cruz, delante de la iglesia, considerando que se encuentran en muchos peligros y tentaciones en este mundo y que pronto pudieran salir de él, y no han hecho nada por sus almas, considerando todo eso, y sintiéndose contritos y humillados, hagan la contribución necesaria para completar la remisión de los pecados suyos y los de sus familiares. Oigan las voces de los muertos, de familiares y amigos en el purgatorio rogándoles y diciéndoles "por favor, tengan piedad de nosotros por favor, nos encontramos en tormentos de los cuales ustedes si quieren pueden sacarnos". Abran sus oídos, escuchen al padre diciéndole al hijo que lo saque del purgatorio, la madre diciéndole que a la hija que la redima de los tormentos del purgatorio, "yo te llevé mis entrañas, te di de mamar, te crié, te dejé mi herencia, y ahora tú eres una persona cruel y dura que no es capaz ni siquiera de hacer un pequeño sacrificio para sacarme de donde estoy. ¿Me dejarás aquí sufriendo por la eternidad en estas llamas? ¿Me retardarás  el día en que yo pueda salir de aquí e ir a la gloria?”.
“Recuerden que ustedes tienen la oportunidad y el medio para sacarlos a ellos de donde se encuentran, porque tan pronto la moneda toque el fondo de este cofre el alma de tu ser querido saldrá del purgatorio".
 (Bainton, Martín Lutero, Aquí Estoy; páginas 53-61).

Dios levante hombres y mujeres como Martin Lutero para volver a la pureza de vida y doctrina de este y otros reformadores que le siguieron.