miércoles, 10 de octubre de 2012

Las moscas de Salomón



Eclesiastés 10:1
“Las moscas muertas hacen heder el perfume del perfumista, así una pequeña locura al que es estimado como sabio y honorable”.

Hay pecados de todos los colores, de todos los sabores y de todos los tamaños. Aquí se mencionan los últimos, que como moscas desacreditan la inteligencia de una persona sabia y le arruinan el perfume de su reputación. Una “pequeña locura” dice el inteligente Predicador, una pequeña metedura de patas, lo sigue todo la vida en el recuerdo de otros y en la memoria suya. Una indiscreción inaceptable, un paso imprudente, una decisión festinada, un negocio sin pensarlo bien, una emigración sin fundamento y sin medir las consecuencias, son cosas que hechas luego se lamentan. Una mentirilla, una  pequeña deshonestidad, quedarse con unos centavos de más devueltos en el mercado, mentir en la declaración de impuestos, una mirada codiciosa, hojear una revista para adultos, un coqueteo imprudente, etc.

El asunto es que esos pequeños insectos son inmundos y contienen suficientes bacterias en sus patitas y hocicos como para arruinar el perfume de un buen testimonio, y que una persona con sabio comportamiento pierda la confianza y se disminuya su reputación, de modo que ya nadie le pida consejos ni le oiga una palabra. El honor es algo que cuesta la longitud de una vida adquirirlo, no se compra y vale mucho para echarlo por la borda con un pecado del tamaño de una mosca, ni siquiera de un elefante. Sin embargo aquí no habla de esos insectos vivos sino de los que se ahogan cuando revoloteando sobre el aroma de una botella de perfume, y ¡ay!, cae dentro y lo que antes era una delicia aspirarlo ahora hace que se vuelva el rostro, se tape la nariz o huya de su lado. Las moscas hay que espantarlas antes que se metan en un trabajo hecho con tanto cariño y perfección. No es cuestión de escrúpulos, ñoñerías y santurronerías, sino de santidad cristiana.

Hay gente que se nos acerca que traen moscas, sobre todo en la boca, y si nos retiramos a tiempo evitamos que alguna de ellas nos pase un contagio ajeno, quiero decir un defecto, y se pose sin permiso en nuestro carácter. El cadáver de una mosca no tiene grandes dimensiones, pero pudriéndose dentro de un frasco de alabastro de gran precio, por incautos nos hace heder todo y convierte nuestra profesión, llena del conocimiento y la fragancia de Cristo, antes atractiva, afable y noble, en una personalidad repulsiva (2 Co. 2:14-15). Estas son enseñanzas que se me ocurren cuando paso un rato contemplando y examinando los cadáveres de las moscas de Salomón.