viernes, 23 de octubre de 2015

Nuestras medicinas no nos hacen inmortales

Marcos 1:32-34
(Mt. 8:16-17; Luc. 4: 40-41)
 "32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; 33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta. 34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían".

AYUDAN PERO NO DAN LA ETERNIDAD
La noticia de la instantánea recuperación de la suegra de Pedro corrió como pólvora en aquella pequeña ciudad y no quedó un enfermo en toda ella que de alguna manera o de otra no fuera llevado hasta el sitio correspondiente, y Jesús le pusiera la mano encima y lo curara. Lo menos que Pedro se imaginaba, el trabajo que le iba a dar a Jesús al pedirle ese favor familiar y que en un dos por tres el portal de la casa se convertiría en un hospitalillo, y por la fama que había traído la bendición que entró a su casa, muchísimos vecinos y conocidos, y desconocidos, hombres y mujeres, niños y jóvenes, ancianos, de todas las clases, acudirían para quitarse de encima algún mal físico, ¿pero cuántos de ellos regresaron arrepentidos de sus pecados y confesándolos a Dios? De eso nada se sabe y nadie lo sabe, sino que muchísimos milagros se hicieron en Corazín, Betsaida y Capernaum, y no se arrepintieron (Mt. 11:20-24). Sólo Dios conoce la cantidad inmensa de personas que acuden a él pidiéndoles que les sane el cuerpo pero no dicen ni una sola palabra para que les sane el alma. Todos, unos antes y otros después volvieron a enfermarse de lo mismo o de alguna otra cosa, y murieron; entonces no fue suficiente que se mejoraran de salud o se curaran, sino que lo mejor hubiera sido que conjuntamente hubieran adquirido la vida eterna para cuando llegase el inevitable momento del cual no se recuperarían, estuvieran preparados para decir a Dios, "en tu mano encomiendo mi espíritu", y dejar que se deposite su cadáver en alguna parte, en paz hasta el día de la resurrección.

No viviremos para siempre, nuestras medicinas y oraciones y el bisturí del cirujano, podrán prolongarnos la vida por un tiempo o mejorar la calidad de ella, pero definitivamente no nos hacen inmortales.  Tus medicinas no te inmortalizan. Es sabio y estar en sus cabales pensar más allá de la salud física, y decidir no solamente sentirse bien y que el cuerpo funcione normalmente, sino que se convierta en un templo del espíritu Santo (1 Co. 6:19),  hasta que sea hecho polvo, y sea recordado por Cristo cuando venga en su reino (Luc.23:42). Y unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua (Dan. 12:2).