lunes, 12 de octubre de 2015

Admiran más a Moisés y a Israel que a Jesús

1 Pedro 1:20, 21
“Ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios”.

JUDAISMO
Posiblemente estas palabras “ya destinado desde antes de la fundación del mundo” no tengan ninguna indicación acerca de la preexistencia de Cristo como segunda persona de la Santa Trinidad, sino para aclarar cualquier objeción en relación con la antigüedad de una religión y todo el respeto que con ello ella pueda tener. Me parece que la intención es que no ha habido un cambio de planes de salvación sino que desde la creación del mundo, la muy venerada religión judía, la ley dada por Moisés, habría de ser cambiada por otra mejor, un “nuevo pacto”, que contenga un plan mejor de salvación, que justifique el cambio y que enseñe que ha tenido que ocurrir por la ineficacia humana para poder salvarse mediante las obras, y eso por una parte, y por la otra que toda esa religión ya cumplió su función de servir como sombra “de los bienes venideros”,  para anunciar la venida del Hijo de Dios, del Cordero sin mancha y sin contaminación. Es decir, en la forma en que es introducido ese Cordero y cómo muere indica que quien lo designó es el mismo Dios que había formado la religión judía. Eso no es algo aparte de esa antigua religión sino dentro de ella para resumirla en sí mismo. No vino al mundo porque ellos lo hubieran pedido por la ineficacia y falta de sinceridad en la práctica religiosa, sino que Dios introdujo su plan eterno, el mejor, enviando por amor a Jesús “nacido bajo la ley” y muerto bajo la ley para cumplir esa ley (Ga.4:4-7). 

Los judíos sinceros se daban cuenta que los ritos y las obras religiosas de la ley no los hacía verdaderos creyentes por cuanto la incredulidad permanecía, y que por más religiosos que se hicieran cada día, no por eso serían menos incrédulos (Ro.11:20-23; 1Ti.1:13). Tenían como un velo en sus ojos y que “por Cristo es quitado” (2 Co. 3:14). Podrían a su vez ser religiosos e incrédulos porque la práctica de una religión no engendra la fe. La fe es un don de Dios que viene por su palabra y no por los ritos religiosos, por respetables que sean y antiguos. Mediante Cristo. Y no es el cristianismo una nueva práctica, con influencia judía, el medio para creer en Dios. Al cristianismo no es la esencia del judaísmo sino un sustituto del judaísmo, porque Cristo es ese Sustituto, tanto de nosotros como de la religión que él practicó y a la cual fue obediente para que por su obediencia esa ley quedase cumplida. No fueron las interpretaciones de la religión judía que hizo Jesús, ni el “más yo os digo”, no fueron los sermones en los que, por ser mejores, ocuparon el lugar de la religión judía sino la persona santa y sin mancha de Jesús que muere y que da evidencia Jehová de haberlo aceptado como sacrificio máximo y único para el perdón de los pecados: su resurrección. No tiene ningún sentido, a no ser para formar otra religión lo cual es herejía, mezclar el cristianismo que nace con la persona y muerte y resurrección de Jesús, con las ceremonias judías. Aquellos judíos de nacimiento ya no serían más practicantes del judaísmo sino que mediante la fe en la persona de Jesús que había absorbido completamente la religión que ellos practicaban, serían salvos, o sea podrían tener esperanza en Dios.


Es un contrasentido hoy, ya que aquellos judíos al volverse cristianos no judaizaron más, y si lo hacían Pablo les llamaba “otro evangelio”, y que es contrasentido cuando actualmente existen cristianos que judaícen sus prácticas danzando como María, la hermana de Moisés, usando prendas utilizadas en las sinagogas, guardando sábados y absteniéndose de alimentos que Dios creó para que participen de ellos los creyentes, y hallados en el Levítico de Aarón, porque en sus cultos expresan más admiración hacia Moisés, hacia la “tierra santa” que incursionan con frecuencia, hacia Israel, que hacia Jesús.