lunes, 26 de octubre de 2015

A la misericordia se le clama muchas veces

Marcos 10:46-52
(Mt. 20:29-34; Luc. 18:35-43)
 “46Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando. 47 Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! 48 Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! 49 Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. 50 El entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús. 51 Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista. 52 Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino”.
HAZ CLAMADO MUCHAS VECES
En vez de usar el camino de la espiritualización preferido por varios, que hablan de ojos espirituales que se abren, me ha parecido conveniente derivar suposiciones no alejadas del contexto y que puedan tener aplicaciones provechosas. Es cierto que he tenido que figurarme muchas cosas con respecto a este texto del ciego de Jericó, pero juzgue usted mismo si las inferencias no son posibles, y si no son mejores que dejarlo intacto con la poca información que la letra tiene, a no ser que se lea entre líneas, que es lo que quise hacer.
Por lo menos dos importantes cosas se pueden aprender examinando con cuidado este pasaje. La primera es que a la misericordia se le clama muchas veces, y más que otros. Esta es la historia de un ciego; en realidad eran dos los que estaban mendigando cuando Jesús pasó cerca de ellos, en la ciudad de Jericó (Mt. 20:30). Ninguno de los dos era sordomudo, sino sólo ciego. Y eso quiere decir que ambos escucharon al gentío pasar y conocieron de qué se trataba.
Pudiera ser que los dos gritaran pidiendo auxilio; si así fue uno de ellos dejó de hacerlo y el otro por su perseverancia en pedir misericordia fue el único atendido. Si ambos hubieran continuado haciendo un dúo de gritos a la misericordia, Jesús se hubiera dirigido a los dos, pero en el relato solamente aparece Bartimeo, no porque fuera el más prominente sino porque de los que oran poco no se escribe nada. Para mí fue que el segundo, el que se quedó atrás se calló; y hasta se puede pensar que aquel se quedó sentado y el otro se puso de pie y dio algunos pasos. Hay creyentes como el compañero de Bartimeo, que piensan que Dios tiene buena memoria y con una vez que pidan bendición ya es suficiente. No habrá de ellos historia que escribir.
Gritó de forma tan inmoderada que el personal que marchaba alrededor de Jesús le pidió silencio (v. 48), a lo cual no hizo caso y continuó con sus gritos a la misericordia porque a ella se pide una y otra vez, y no basta con un solo grito sino con incontables de ellos. Estaba dispuesto a no perder su oportunidad gritando a la misericordia repetidamente como si ella no lo hubiera oído la primera vez, hasta que diera un giro y se volviera hacia él y le prestara atención. Por la misericordia hay que trabajar duro y luchar hasta que raye el alba como un verdadero israelita que dice “no te dejaré si no me bendices”. Jesús habló de pedir y pedir siempre lo mismo, sin desánimo (Luc. 18:1,7,8). Entonces se detuvo y dijo que alguien le acompañara hasta su presencia, y el ciego ni tonto ni perezoso arrojó su capa, las monedas sobre ella, dejó el bastón y soltó la correa del perro, y levantándose fue conducido a la presencia de la Misericordia (v. 49), a la cual no dejaba tranquila.
En segundo lugar pienso que la voz de la iglesia no debe irse de las calles, mercados, restaurantes, etc., sino que los cristianos debieran seguir lo dicho por el Señor, hacer de la Palabra de Dios un tópico frecuente de sus conversaciones (Deu. 6:7), para que, intencionalmente o no, los que se hallan cercanos oigan algo de Jesucristo. El punto es que la mayoría de la gente no está tan interesada en él como para acudir con frecuencia a los templos. ¿Será que hay creyentes que pudieran tener algún espíritu sordo y mudo?
Estamos ante un caso de un hombre que no es completamente ignorante acerca de Jesús, hasta su conocimiento es un poco más avanzado que la mayoría, ya que no solamente sabe que procede de Nazaret sino que además le da un título mesiánico cuando lo nombra como el "Hijo de David" (v. 47). Téngase en cuenta que estamos leyendo acerca de un hombre ciego y eso por supuesto como es obvio, los conocimientos y la fe que tenga no llegaron a él mediante la lectura de la Ley.
Pero un ciego puede oír la lectura de la Escritura, y tiene cerebro para pensar y para hacer comparaciones y arribar a la conclusión que lo que había aprendido de los maestros de la Ley se ajustaba con perfección a lo que venía escuchando acerca de este hombre.
Otra prueba de su información es que más adelante Bartimeo no le llama por el título mesiánico que usó para reclamar su atención sino que utiliza el de "raboni" que quiere decir Maestro; y que también utilizó después una mujer agradecida por los muchos demonios que Jesús le quitó del cuerpo (Jn. 22:16). Esto me hace suponer que había adquirido sus conocimientos y fe como quien dice de segunda mano. Un ciego es todo oídos y a veces está mejor informado mediante la voz populi sobre acontecimientos, situaciones y movimientos de la sociedad, que algunos videntes desinteresados en oír o leer lo que se dice o se escribe acerca del momento.
Es una posibilidad que la fe de este ciego, porque no se puede dudar por la fuerza de los pulmones con que clama, que su corazón estaba lleno de ella, la había obtenido al prestar atención a comentarios verbales hechos a su alrededor, por transeúntes, y almas caritativas o gente que iba y venía del mercado o de cualquiera otra parte. Ninguno de ellos, si eso pudo ser así, imaginó al hablar de Jesús y de sus maravillas la fe que estaban engendrando en un oyente ignorado y que a su debido tiempo habría de ejercitarla para su salvación, porque Jesús la calificó con ese potencial espiritual que incluía el perdón de sus pecados, "tu fe te ha salvado" (v. 52). Es cierto que la palabra también pudiera indicar sanidad, pero la mejor traducción es "salvado"; él no dijo sanado sino salvado.

Da pesar en la actualidad observar el silencio de la iglesia con respecto a Jesucristo, a no ser que alguien se tome el trabajo de entrar a algún templo porque las parejas cristianas que van y vienen por el mundo lo hacen conversando sobre infinidad de tópicos que excluyen el Nuevo Testamento; y algunos si llegasen a tratar ese tema lo hacen en voz tan baja que nadie que no tenga el fino oído de Bartimeo podría discernir algún mensaje doctrinal de salvación. Cuando los temas cotidianos son tan hermosos como los que supongo escuchó Bartimeo, alguna palabra saltará y caerá en el oído correcto, y aunque no sepamos nunca quién nos escuchó, la bendición del Señor se conocerá en la eternidad cuando se le pida a cada cual que cuente la forma en que alcanzó la fe de Jesús.