lunes, 24 de noviembre de 2014

El vicario de Cristo en la tierra es el Espíritu Santo

 Apocalipsis 19: 10


 "Entonces caí a sus pies para adorarle. Y me dijo: no hagas eso yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que poseen el testimonio de Jesús; adora a Dios. Pues el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía". 

El ángel mismo pone de pie a Juan y le dice, “levántate, que no debes postrarte ante ninguna criatura por excelsa que sea, arrodíllate sólo ante Dios”. Es asombroso que Juan, tan lleno del Espíritu del Señor haga eso; quizás llevado por la gratitud y la emoción, no porque el ángel lo indujera, ni lo pretendiera en ninguna forma. Un poco después pasó lo mismo (22: 8,9). Está totalmente prohibido dar culto a los ángeles (Col. 2:18) ¡Cuánto menos arrodillarse ante hombres por santo que ellos sean! De ese mismo espíritu puro y angelical participaban los grandes apóstoles, que rechazaban ser adorados como dioses (Hch. 10: 25,26; 14: 5). ¿Qué tienen que decir los que se creen Dios, que justifique que sus feligreses se postren ante ellos, les besen las manos y les confiesen los más íntimos pecados pidiendo absolución como si estuvieran en lugar de Dios? ¿Por qué sus prelados toleran y aceptan tal honra cuando oyen a la gente devota afirmar que estar “viéndolos” a ellos y “tocándolos” es como si lo hicieran al mismo Cristo? 

No hay adjetivos para calificar ese culto a la personalidad; ni es posible pensar que el anciano que tal adoración pública acepta sea una persona humilde llena del Espíritu del Señor cuando no irrumpe entre la multitud diciéndoles que es un ser humano como ellos. Y no pueden alegar que se trata de una autoridad apostólica porque ya hemos visto que los santos apóstoles la rechazaron. Nadie es “el Vicario de Cristo en la tierra” porque a quien único Cristo dejó en su lugar fue al Espíritu Santo, no a ninguno de sus discípulos. Ni por gratitud ni por emoción ningún cristiano debe postrarse ante alguna criatura.  Si los ángeles son “consiervos”, los hombres más santos lo son también y entre nosotros “hermanos”;  somos consiervos los unos de los otros y debemos tratarnos como hermanos, con amor, respeto, pero no como dioses.