domingo, 5 de agosto de 2012

San Pablo rechazado en Washington y Miami
 (republicación)
Hechos 24:22-27
“22 Entonces Félix, oídas estas cosas, estando bien informado de este Camino, les aplazó, diciendo: Cuando descendiere el tribuno Lisias, acabaré de conocer de vuestro asunto. 23 Y mandó al centurión que se custodiase a Pablo, pero que se le concediese alguna libertad, y que no impidiese a ninguno de los suyos servirle o venir a él 24 Algunos días después, viniendo Félix con Drusila su mujer, que era judía, llamó a Pablo, y le oyó acerca de la fe en Jesucristo. 25 Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se espantó, y dijo: Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré. 26 Esperaba también con esto, que Pablo le diera dinero para que le soltase; por lo cual muchas veces lo hacía venir y hablaba con él. 27 Pero al cabo de dos años recibió Félix por sucesor a Porcio Festo; y queriendo Félix congraciarse con los judíos, dejó preso a Pablo”.


Piensa en lo que significa un poco de libertad. Félix hizo preguntas, le pidió a muchos que le contaran y como había vivido un tiempo en Judea obtuvo más conocimientos de lo que llamaban “secta de los nazarenos”, pero la iglesia la llamaba el Camino (v.22). Ya estaba convencido que Pablo era inocente pero decidió dejarlo preso por conveniencia propia. No obstante, Pablo disfrutó de alguna libertad (v.23). Atado con una cadena a la mano de un soldado romano no podía abandonar el lugar ni salir a pasear al patio de la casa. No es todo lo que él hubiera querido, completa libertad, sino alguna, un poco. Un poco de libertad quiere decir que uno no es un hombre libre y que está limitado por las leyes y la voluntad del gobierno, porque injustamente sus derechos como ciudadanos son atropellados y no se les reconoce. Si por él hubiera sido habría querido soltarse de aquellas “cadenas” pero no pudo (26:29), y quería transmitir su espíritu de hombre libre hasta el de los mismos esclavos (1Co. 7:21). No era esclavo pero tampoco era libre, en su propio país. Si uno es un poco libre no es libre, su libertad fue una condescendencia de presidiario.

Una libertad mediatizada que consistía en recibir visitas esperando Félix que con ello no tener que sostenerlo en nada, que el preso estuviera mejor y que pudiera reunir dinero para comprar su libertad, por eso lo entrevistaba con frecuencia haciéndolo ir y venir (v.26). Las visitas las recibió, posiblemente sus amigos lo ayudaron con algún dinero, pero nunca Pablo reunió lo suficiente como para comprar su liberación y no pagó para que lo soltaran. Así estuvo dos años preso hasta que fue enviado a Roma.

Además, había otra razón por la que prefirió seguir en prisión: darle dinero a Félix sería hacer soborno y ya bastante corrompido estaba el gobierno para que él particularmente contribuyera a empeorar el carácter del gobernador. Por otra parte el dinero que un cristiano posee proviene de las riquezas en gloria de Cristo, se lo ha dado su Señor y debe manejarlo con pureza. Un dinero obtenido por generosas y piadosas ofrendas, cuando otros como Epafrodito, que fue uno de los que le llevaron socorro a la cárcel, expuso su vida en el viaje, ese dinero debe ser santamente usado. Consideraba el soborno como éticamente reprobable y sin beneficio al cristianismo y dañino. El soborno no es lo mismo que pagar una multa o poner una fianza. Si Pablo daba dinero a Félix y eso se sabría, daría una señal de confesión de culpa y que no era inocente de los cargos que le ponían y tenía que usar el dinero para solucionar lo que con la justicia nunca podría. Daría razón a sus acusadores para mantener sus acusaciones. El cristiano no debe usar su dinero  para corromper a nadie ni corromperse él, ya sea en juegos o comprando la conciencia de los demás.

Cuando toma una decisión de acuerdo a su conciencia y por esa razón sufre pérdidas no tiene de qué arrepentirse, y dejar al tiempo que demuestre con sus frutos que fue lo más conveniente y perdurable para la obra de Dios que se pudo haber hecho. Así por las razones éticas de su carácter pasó dos años en su encerramiento (v.27), largo tiempo sin plantar iglesias y aparentemente mal gastado e inútil. No fue exactamente así. Se sabe que estando preso en Cesarea escribió las tres epístolas carcelarias, Filipenses, Colosenses y Filemón. Aquel tiempo Dios se lo dio para eso. Una labor literaria. Pensaba el Señor en la posteridad que sería beneficiada con su pluma y lo dispuso así para que se ocupara en ello. Dios tenía en cuenta lo que habría de inspirarle para que se beneficiara de sus escrituras los millones de púlpitos en el futuro. Produjo tres obras inmortales.

¿Qué hubiera hecho usted, sacar un poco de dinero de su bolsillo, entregarlo a Félix, y todo arreglado, y podría irse y continuar con el ministerio dado por el Señor? Quizás no tendríamos hoy dentro de nuestro NT esas tres joyas de la revelación y Filipenses, Colosenses y Filemón no hubieran nacido. Se habrían formado otros focos cristianos, grupos aquí y por allá, o habría confirmado las iglesias ya existentes. Habría bautizado más personas, aunque él no fue llamado para bautizar sino para predicar. Todo eso habría sido importante y engrandecido su nombre entre los hombres y aún en el cielo. Pero ese no fue el plan divino para su trabajo. Dios prefirió que escribiera en esos dos años, que produjera literatura cristiana y dotara al mundo con tres nuevos documentos para que se completara a 27 el número de libros canónicos del NT, y lo que escribiría en aquellos tristes días de presidiario, lo que pasaría en su vida y la de otros como Epafrodito, Evodia, Síntique, Clemente, Onésimo y Filemón, no lo hubiéramos sabido nunca. 

Félix tuvo que congraciarse con los judíos  dejando preso a Pablo para borrar un poco de la memoria de ellos el mal recuerdo de la matanza y el pillaje que entre ellos había hecho. El jefe de los coperos se olvidó del bien que le había hecho José y éste siguió echado en prisión. El momento no había llegado para interpretar los sueños de Faraón y él fuera ascendido al trono de Egipto.  Bunyan tuvo que ir a presión para que escribiera su inmortal Peregrino y Lutero para que tradujera todo el NT del griego al vernáculo alemán aunque el monje agustino considerara que estaba perdiendo el tiempo como un holgazán escondido en el castillo de Wartburgo. Las etapas de nuestra vida que tenemos como menos productivas pudieran ser por consejo divino las que mejores huellas dejen en la historia del cristianismo. Nuestro tiempo es de Dios y debemos cesar de agitarnos, y dejar en sus manos cómo lo usamos.

Vamos a imaginar a Pablo y Tértulo compitiendo por una plaza vacante en una cárcel o en un hospital moderno. Pero Dios quería que dentro de la cárcel cumpliera el deseo del Señor y fuera “instrumento escogido  para llevar mi nombre en presencia de los gentiles,  y de reyes,  y de los hijos de Israel” (9:15).  Así vino a predicar a Félix y Drusila quienes lo escucharon. ¿Quién era cada cual? Dice Gill que “esta mujer fue la hija de Herodes Agripa, el que se lo comieron los gusanos (12:23) y de Herodes Agripa el que se menciona en el próximo capítulo y aunque era hija de padres judíos su nombre, Drusila es romano. Herodes Agripa dejó tres hijas más, 
Ciprés, Berenice y Mariana, y Drusila y un hijo, Agripa que cuando su padre Herodes murió tenía 17 años, Berenice 16; Mariana y Drusila eran vírgenes pero prometidas en matrimonio. Drusila a Epífanes el hijo de Antíoco, rey de Comagene, pero después de la muerte de Herodes su padre, él se negó a tomarla por mujer para no tener que hacerse judío, entonces la dieron como esposa a Aciz, rey Emeso, pero este matrimonio se disolvió y luego con Félx, procurador de Judea por medio de un mago nativo de Chipre se la quitó y se casó con ella”. Dios había dispuesto que éstos oyeran la Palabra por boca de Pablo.

El tema del cual les habló no fue una defensa de su caso, sino un sermón totalmente lleno de gracia y de verdad, y dirigido a la conciencia de ambos. Pablo trató de convertir a la fe a esta pareja de desdichados, y aunque no lo logró ellos supieron qué tenían que hacer para ser salvos, y era vivir con justicia, temer la justicia de Dios, practicar el dominio de las pasiones y estar seguros que un día llegaría al juicio final. Y ¿qué pasó? ¿Cayeron rendidos diciendo “Señor qué debemos hacer para ser salvos?”. No. Se espantaron, al menos el rey adúltero. Posiblemente ella también. Se le pusieron los pelos de puntas. Se erizaron. Se asustaron y no quisieron oírlo más. Lo despidieron. Dice la referencia que al disertar Pablo sobre la justicia, el dominio propio y el juicio venidero, Félix, atemorizado dijo: Vete por ahora, pero cuando tenga tiempo te mandaré llamar.

Nunca más la pareja estuvo frente a un púlpito oyendo el evangelio. Félix saltó en su asiento al oír que sería juzgado por Dios. No quería practicar la temperancia cristiana sobre sus libidinosas pasiones ni reconocer como pecaminosa su unión carnal con Drusila, la mujer de otro. Ese mensaje moralizante y de juicio no era para él. Prefería a otro predicador que le adulara, y si hubiera podido elegir a uno designaría a Tértulo que era mejor orador y le decía cosas bonitas. Tal vez con éste hubiera pasado un buen rato y habría regresado a oírlo y en vez de pedirle dinero como a Pablo le habría dado del suyo y nombrado capellán de los presos en Cesarea.
Pablo nunca hubiera pudo ser nombrado capellán en aquella cárcel ni de muchas cárceles de hoy.  Los que son como Tértulo se enteran que hay un puesto vacante en una cárcel o en un hospital, y que buscan un capellán para ocuparlo, se apresuran a enviar sus  currículos y llenan los formularios que se piden en las oficinas y prometen cumplir con los requisitos que ellos exigen, teniendo en cuenta que quienes están enfermos o presos tienen su propia religión o no tienen ninguna, y el hombre designado para traer consuelo religioso a ese pluralismo tiene que ser pluralista, con un 99% de amoroso humanismo y un por ciento de religión general. No se permiten lecturas bíblicas de juicio o condenación. Todos los pasajes que salgan de la Biblia tienen que provenir de un Dios de amor que no mira los pecados de nadie y es tan amable como un anciano médico.

Un predicador como Pablo que haga temblar a los presos y a los guardias o a los jueces y abogados, a los administradores y oficinistas en las residencias penitenciarias, no es recomendado por nadie para la plaza vacante y su currículo se desecha inmediatamente, y con eso se va el gran sueldo que se está ofreciendo y la seguridad de una paga sin problema. Igual que en los hospitales, hay que mantener silenciados los temas del juicio, la temperancia, la justicia de Dios, la moral cristiana, la exclusividad de Cristo como el único mediador entre Dios y los hombres y los castigos perpetuos que inflige un Dios severo. Si Pablo hubiera enviado su currículo a algunas de las cárceles de Miami, o de aquí en Washington, o a uno de sus hospitales, habría recibido como respuesta a su solicitud esta palabra: rejected (rechazado).