miércoles, 8 de agosto de 2012

Que el viento no sople, por favor, sobre el Crucificado


Juan 19:17-25
 (Mt. 27:32-50; Mr. 15:21-37; Luc. 23:26-49)
17 Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; 18 y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. 19 Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. 20 Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. 21 Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos. 22 Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito. 23 Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. 24 Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados. 25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena”.


Llegó la hora en que pusieron sobre sus hombros la cruz, y con golpes, empujones y desprecios, le exigieron que la arrastrara hasta las afuera de la ciudad de Jerusalén, y subiera como pudiera, un monte llamado la Calavera nombrado así por dos posibles razones, una que podían encontrarse enterrados y sobre la hierba huesos humanos, y la segunda que la forma del monte parecía un cráneo. En arameo los judíos le llamaban gólgota. Dos delincuentes, en mejor forma física que él, también llevaban sus cruces, y los clavaron a los tres de la misma manera, en las manos y en las piernas. Los judíos estaban satisfechos, y podrían celebrarlo, que al fin se habían quitado de encima la pesadilla de sus sermones y críticas, y del corazón además de todo, la envidia que por él sentían.

Antes de izar su cruz acordaron burlarse un poco más y le pusieron la causa por la cual lo habían condenado a muerte, "Jesús Nazareno, rey de los judíos". Los miembros del tribunal religioso protestaron a Pilato, inconformes con la redacción de la causa, y quisieron cambiarla aclarando que él se había autonombrado rey de los judíos, para que los lectores no entraran en confusión, o los historiadores posteriores, y le reconocieran como rey, cuando en realidad jamás lo fue. Pilato se negó, porque ya estaba harto de complacer a los judíos, y dijo que así se quedaba, y con rabia mandó que clavaran el título redactado de esa manera, sin cambio alguno, y eso le dolió en el orgullo a los jueces, pero no pudieron hacer nada. Pilato no era profeta ni mucho menos, y sin quererlo había escrito una tremenda verdad, que Jesús es el rey de los judíos, les guste o no, protesten o no protesten, es el judío más famoso de todos los judíos, y el mundo entero para vergüenza de ellos, sí lo tiene como rey. Ya con lo que Pilato había escrito acerca de que era un Nazareno, era suficiente, para decir que pertenecía a Galilea, asociada por la cercanía y llena de samaritanos. 

El resultado de todas maneras era el mismo, Jesús estaba crucificado como habían querido, pero la insignia no se la pudieron quitar, ni pueden tampoco los judíos hasta el día de hoy. Y para que no quedara en toda la tierra nadie sin saber lo que estaba escrito por la mano de Pilato, lo escribió en una tabla ancha donde se leyera en hebreo, el idioma de la religión, en griego el idioma de la sabiduría, y en el latín, el idioma del del poder, y la política. Fue una bendita idea esa traducción.

Llegó la hora del reparto de las propiedades. Jesús no tenía un centavo en el cinto, en el bolsillo. Pero casi siempre el derecho de los ejecutores les permitía quedarse con todo lo que el reo tuviera, y ya que no había dinero, entonces se repartieron la ropa, la de adentro pegada al cuerpo y la de afuera, los vestidos y la túnica, a unos los rompieron en cuatro partes, una para cada soldado, y la otra la rifaron, y el evangelista recordó que uno de los salmos de David mencionaba algo parecido, y afirmó que se trataba de una profecía sobre este asunto, como muchas otras escondida, y que la vida de Jesús sacó afuera para darle cumplimiento (Sal. 22:18). Jesús no usaba harapos. Era un Rabí, y pudiera ser que sus distinguidas discípulas cooperaran con su honorable vestuario (Luc. 8:2,3).

De ese el Señor quedó crucificado con las prendas mínimas, casi desnudo, y pudiera ser que esa fue una de las razones por la cual solamente su madre y los discípulos, especialmente Juan, se encontraban cerca y las otras a cierta distancia, porque sentían vergüenza y aumentarían el pesar de él, si se aproximaban. Había más mujeres que hombres junto a la cruz. Además de la madre, la tía que era la madre de Cleofas, quizás uno de los discípulos que caminaba hacia Emaús, y María Magdalena, que con tanta gratitud y cariño hacia él, no podría faltar, y también tuvo el privilegio de ser la primera mujer que viera a Jesús resucitado. Es la hora nona, Señor, envía tu eclipse y cubre con sombra el cuerpo de tu Hijo, apresura la noche y la sábana de José de Arimatea. ¡Qué precio moral tan alto pagó  con su cuerpo por nuestro perdón!

Y en esas condiciones, sangrante, burlado hasta las sienes con espinas, sin que todavía le atravesaran con una espada, ordenaba al viento que no soplara sobre sus ropas y se expusiera en hebreo, griego y latín, su cuerpo casi desnudo, y que por el pago de nuestros pecados, la compra de nuestra justificación, el precio de nuestra redención, sus vergüenzas no alcanzaran a ser vistas por los ojos femeninos de sus santas seguidoras.