jueves, 9 de agosto de 2012

Aunque lo cremen, el pecado no se quema


“Mas sus pecados estarán sobre sus huesos” (Ezequiel 32:27).

Todos los que muren sin Cristo, mueren en sus pecados, como el Señor dijo (Jn. 8:24); los acompañan en su ataúd, van al cementerio y son bajados con el cuerpo al sepulcro. Eso es lo único que se llevan los que pecan y no se arrepienten, (el arrepentimiento quita el pecado de encima, la sangre de Cristo lo limpia) ningunas otras cosas podrán sacar de este mundo: sólo las transgresiones cometidas durante la vida. Los faraones edificaron las pirámides para que les sirvieran de tumbas pero lo único que se llevaron al otro mundo fueron sus pecados.

No podrán descansar en paz los que transportan al cementerio sus pecados. No dice que el pecado de ellos se les queda en el alma porque el alma no está en la tumba, sino en sus huesos, el alma de ellos irá al infierno (Luc. 16: 22-24). El pecado de cada cual se quedará en sus huesos, en sus cenizas, lo acompañará siempre hasta que llegue la mañana de la resurrección (Jn. 5:28, 29). Hoy se ha puesto de moda, por barata, la cremación. Aunque lo cremen y tiren sus cenizas a un río desde un puente, o la siembren con un árbol. Dios sabe dónde está el polvo de cada cual. El pecado no se crema jamás, ni en el infierno. Lo que hay que hacer con él es en esta vida, no en la otra. Aquí se borra. En la cruz de Cristo se borra.

Oh alma, ¿qué estás haciendo con tus pecados, no los sacarás de tus huesos nunca? Cree la palabra de Dios que “penetra hasta los tuétanos, las coyunturas, los pensamientos, las intenciones del corazón, el alma, el espíritu” (He. 4:12). Llega hasta ahí porque nuestros pecados se meten en todos lados: en las coyunturas y en los tuétanos. Si tuvieran que transportar tus huesos de un cementerio para otro, ¿transportarían con ellos tus pecados? (He. 11:22). Si algún otro muerto tocara tus huesos, como los de Eliseo, ¿resucitaría? (2 Re. 13:20, 21). La fe y la santidad de este profeta llegaban hasta sus huesos. De todas las enfermedades óseas, el pecado es la peor y se cura no con sangre propia sino con la de Jesús. 

Cuando uno peca puede decir, aunque con otro sentido, lo que experimentó Habacub, “pudrición entró en mis huesos” (Hab. 3:16), porque el pecado es eso, pudrición. La mentira es pudrición, el robo, el engaño, la fornicación, el adulterio, etc., todo eso pudre el carácter, la personalidad, la familia, la sociedad y la iglesia. Si usted no se arrepiente de sus pecados, y los confiesa, ya va pudriéndose antes de irse al cementerio. El concepto de hades o infierno es tomado del valle de Hinnón, a las afuera de Jerusalén, donde se echaba la basura, y allí se le daba fuego a toda esa descomposición. Cristo es la vida de nuestros huesos.

Oremos: “Señor, perdona mis pecados por la sangre de Jesús y que al morir no tenga yo algún perdón pendiente, no quiero que bajen al hoyo también mis pecados, la historia de mis faltas, que reposen mis huesos en paz, en fe, que muera esperando que resuciten, que vuelvan nervios a mi cuerpo, que entre mi espíritu en ellos, ya transformados y hechos semejantes al cuerpo glorioso de Cristo. Amén”.  

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