lunes, 13 de agosto de 2012

Dios no se dibuja con pincel arminiano


Lucas 15:17-21
17 Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. 19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.  20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. 21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo”.


No creas que en la gráfica expresión “volviendo en sí” el Señor lo despierta de un desmayo sino que un día entró en razón y volvió a estar en sus cabales, y dejó su locura y empezó a repensar en lo que hizo. El joven se hallaba en un callejón sin salida y lo único que podría hacer es dar marcha atrás, volverse sobre sus pasos y aparecerse a la casa de su padre. Todas las puertas se les habían cerrado menos esa, la que abrió para irse.

Con un poco de equilibrio mental decidió poner punto final a su vida loca, aunque mirada no le quedaba nada y no tenía cómo ni con qué seguir divirtiéndose. El hambre fue una buena consejera y el estómago vacío le hizo pensar en su abandonado hogar donde cualquiera de inferior posición comía y bebía mil veces mejor que él.

Aunque la motivación de su arrepentimiento, el hambre, no tiene virtud espiritual en su forma, enseña que como oración de  confesión que estuvo completa, “he pecado contra Dios (el cielo) y le ruego que me perdone, y he pecado contra ti y también te pido perdón”; además reconociendo que no se había comportado con la dignidad que se esperaba de un hijo de tal padre y educado con tales enseñanzas. Por eso le dice "ya no soy digno de ser llamado tu hijo", pidiéndole al padre que no lo tenga como tal, cuando él no ha tenido en cuenta la formación que le dio, y usando su derecho natural de hijo reclamó sin pudor una herencia anticipada y vuelve en bancarrota, sin poder ocultar su colapso económico y moral al pedir un reingreso a la familia, y pedirle la sombra de su techo y un bocado, como empleado. 

Jesús como Hijo conoce el corazón de Dios que es todo amor, y expresa sus sentimientos para los publicanos y pecadores, representados en la maltrecha y equivocada vida del hijo pródigo. El padre lo espera, el padre es el que corre hacia él, lo abraza y lo besa, no porque Jesús lo esté dibujando con un pincel arminiano como un Dios que sin moverse de su estancia espera que las circunstancias conduzcan a los pecadores a un reflexivo arrepentimiento, y hasta que no se hallan cerca y tienen formada en su corazón una confesión, él no sale a su encuentro y los recibe.

Si así fuera y el pródigo siente el querer y el hacer por su propia voluntad, y formula su oración y confesión sin que un solo rayo de gracia lo haya alumbrado, porque Dios está en pasiva espera, sería difícil afirmar que la salvación pertenece a Jehová, que Dios es el que busca al pecador primero, y todo el concepto teológico de gracia hallado en él Nuevo Testamento. Esta parábola está confeccionada con el propósito de indicarles a los publicanos, pecadores y rameras, la disposición de Dios para recibirlos, que pueden ir delante de los fariseos, a quienes retrata en el hijo mayor, en el reino de los cielos (Mt. 21:31). 

En resumen, Jesús les dice a esos que han vivido lejos de Dios, que él les pasaría por alto toda ingratitud, alejamiento, disipación y corrupción, y hasta recibiría de ellos un arrepentimiento circunstancial con tal que a la confesión de pecados le acompañen decididos pasos de renuncia a vivir perdidamente y una disposición a ser admitidos como siervos y siervas en cualquier cosa que haga falta hacer en la casa, sin insinuar en la bella alegoría algún orden de salvación.