domingo, 19 de agosto de 2012

“El testimonio de la iglesia es tan seguro como verlo con los ojos” “Soy como Santo Tomás, si no veo no creo”


Juan 20:24-29 
"24 Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. 25 Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. 26 Ocho diez después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.27 Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28 Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! 29 Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”. 

 Lo primero que los diez apóstoles le dirían a Tomás cuando regresó "¡no sabes lo que te has perdido por no estar aquí, Jesús nos visitó!". Se lo dirían alegres pero en serio. Tomás se dio cuenta que no estaban bromeando pero no podía creerlo, y les contestó que no, que tal vez sería otra cosa, un fantasma, o ilusión óptica de ellos, pero que el real de Jesús era imposible que hubiera estado allí. Y ahí quedó el asunto, Tomás no convencido, y nada pudieron hacer sus compañeros para que les diera crédito. Es curioso que Jesús no los hubiera contado ni preguntara por él. Aunque notó su falta no hizo comentarios. Ya les enterarían cuando regresara, y esperaba que lamentara haber estado afuera. Sin embargo ocurrió lo contrario si esa fueron las expectativas normales de cualquiera.

Cuando el discípulo por fin llegó, arreglados los asuntos que tuviera que arreglar, se sentó junto a ellos moviendo la cabeza de un lugar a otro y con énfasis diciendo que le era imposible tomar en serio la versión de ellos que Jesús estuviera vivo. Sus compañeros se dieron por vencidos y le dirían "allá tú si no nos quieres creer, pero no estamos jugando, Jesús estuvo aquí". Y la vida escondida de los discípulos continuó su curso. Pero al Señor no hay que informarle nada. Aunque el cuerpo de Jesús no estuviera con ellos cuando Tomás dijo eso no quería decir que sus ojos y sus oídos no estuvieran presentes.

Ocho días después se apareció Jesús y volvió para sacar de las dudas a su discípulo escéptico. Le citó palabra por palabra lo que había dicho y le ofreció la solución que él pedía, le mostró sus manos, y se las acercó al rostro para que no tuviera dudas, y además le completó la petición enseñándole la herida que tenía en su costado y dándole permiso para meter su mano en el hueco si eso es lo que le convencería de que estaba vivo. Todas las demandas para hacer un creyente en la resurrección les fueron dadas. Esto fue una condescendencia excepcional que Jesús usó con él, porque su actitud de descreer a sus compañeros no merecía ninguna complacencia. Jesús había enseñado "a Moisés y a los profetas tienen, óiganlos"; y además debía recordar las muchas veces que les dijo que moriría y resucitaría. Tomás creía a Jesús hasta su cruz pero no en la resurrección. Para él seguía muerto, y tal vez por su desaliento, desencanto, frustración, se hallaba fuera de la reunión, cuando en realidad más lo necesitaba: el apoyo y las palabras de sus compañeros.

En realidad si algo se puede reconocer es la expresión sincera de su incredulidad; y pudiera ser que tal honestidad pública, no escondida, no fingida, mostró que tenía remedio y para eso estaba Jesús de regreso. Si su fe hubiera sido fingida y su escepticismo tapado para no perder el rango apostólico, se hubiera quedado así quién sabe por cuánto tiempo. Su cristología sin esa última doctrina no sería cristianismo. Tenía que estar seguro que Jesús estaba vivo de entre los muertos, que la tumba estaba vacía, que lo que decían las mujeres y el resto los apóstoles era estrictamente cierto. Esas cosas tenían que formar parte de su fe para que formaran parte de su predicación, y de su título apostólico. Nuestro Señor no le hizo un juicio público sobre su incredulidad sino que sin ofenderse le trajo las evidencias que estaba pidiendo.

No se dice si aceptó la proposición y se dirigió hacia el sagrado visitante para tocar con sus propias manos las heridas. Supongo que no tenía necesidad de palpar lo que sus ojos estaban viendo, y comprendió que su incredulidad era exagerada, que no necesitaba tanto, y lo que pasó fue que su fe debilitada en el origen divino de Jesús se fortaleció completamente y declaró públicamente que en adelante además de llamarle Señor Jesús también podría llamarlo Dios, porque demostrado estaba que era Hijo de Dios. Eso daría a entender que las dudas de Tomás no eran nuevas. No eran de ahora sino de mucho tiempo atrás. Tal vez desde que junto con Felipe mostró que ambos no acababan de comprender bien que "el Verbo era con Dios y era Dios". O sea la deidad de Jesús.

La resurrección sería el sello de esa doctrina, y que Tomás por mucho tiempo arrastró sin poder creerla completamente. La una y la otra estaban relacionadas. Si el Padre resucitaba a Jesús eso era suficiente y podían decir "nos basta". Ante sus ojos atónitos el honesto incrédulo abandonó su parcial escepticismo y quedó inaugurado en ese instante como un apóstol completo, un genuino pastor que confiesa a Dios como el Padre y a su Hijo como el Verbo encarnado, "Señor mío y Dios mío".

No fue una espontánea declaración de fe sino porque junto con la evidencia Jesús le cargó también un honesto reproche, que no fuera incrédulo sino creyente (v. 27); que cambiara la visión del conocimiento en esta cuestiones, que no es con laboratorios, microscopios ni telescopios, porque no se trata de pragmatismo científico sino de una realidad insuperable, que no se puede explicar sino de modo sobrenatural.  O sea, sepan los que dicen "yo soy como Santo Tomás que si no veo no creo, soy un individuo pragmático", que en cuanto a lo que Jesús se refiere eso no es un chiste ni da gracia, y no vale una sonrisa ni un aplauso. 

No sé cómo pudiera calificar lo contrario a bienaventurado, tal vez réprobo, desgraciado, infeliz; eso es todo lo que se merece que le digan a los incrédulos, y si resultan ofensivos los antónimos, reclamen a Jesús "el autor y consumador de la fe". Jesús dijo a los incrédulos que cambiaran esos calificativos por las bienaventuranzas, que el asunto debe presentarse a la inversa, los bienaventurados son los que escuchan y leen el evangelio y lo creen aunque no hayan sido testigos oculares ni estuvieran presentes hace dos mil años en esa casa con los diez miedosos. 

Supongo que a partir de entonces el hermano Tomás aprendería a no estar ausente de las reuniones y a creer en el testimonio de la iglesia, que es tan seguro como si lo viera con sus ojos.