viernes, 10 de agosto de 2012

Ni siquiera bautizado, pero lo amaba


Juan 19:38-47
(Mt. 27:57-61; Mr. 15:42-47; Luc. 23:50-56)
38 Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús. 39 También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras.40 Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos. 41 Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. 42 Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús”.


Quiero tener cuidado aquí en criticar a José por haber sido hasta ese momento un discípulo secreto de Jesús por miedo los judíos, y lo comentaré con el mismo comedimiento que usé con Nicodemo que vino a Jesús ocultándose en la noche. Es incómodo escuchar críticas por pequeños defectos en los grandes testimonios. Lo que hizo José de Arimatea fue un acto noble y que la iglesia cristiana tuvo que agradecerle siempre: entrar "osadamente" a Pilato y pedirle autorización para bajar y sepultar a Jesús Nazareno (Mr. 15:43).

Por supuesto que no era un discípulo con una fe grande, si quiere llámele mediocre pero yo no, y aunque pequeña esa fe la usó en este momento, y en cuanto a los otros que pensaran de él como quisieran pensar. Movido por mucho afecto hacia Jesús, se encargó sin que nadie se lo pidiera, ni los discípulos ni la familia de Jesús, bajar el cuerpo y sepultarlo con honor en una tumba nueva, la que tenía destinada como un panteón familiar, para él y los suyos. Jesús no había dejado dinero para su entierro, ni había comprado algún terreno en algún cementerio. Dejó ese póstumo servicio a la providencia de Dios, y en las manos de un discípulo que vivía su cristianismo al margen de los reconocidos, y que sin darse cuenta le llegaría el momento más importante de su carrera cristiana, regalarle a Jesús una tumba de ricos.

En esa clase de tumba se encerrarían los detalles de verdades preverían que tuvieran fundamento los comentarios de mala fe que después habrían de hablarse y escribirse, por muchas generaciones. José de Arimatea ni imaginaba que las características de su tumba eran las perfectas para desmantelar las sospechas ridículas que se han arrojado sobre la resurrección del cadáver de Jesús.

Fue Dios quien hizo que Jesús estrenara aquella tumba para que ningún historiador, consultando testimonios sin méritos, escribiera que fue otro el que resucitó, o médicos escépticos que aseguren que a pesar de no poder arrastrar la cruz, la paliza que le dieron, y que le rompieron el corazón con una lanza, seguía vivo y después de un pequeño infarto, se levantó de su desmayo y se le apareció a los discípulos resucitado de entre los muertos. O políticos y religiosos que por nada del mundo quieren ser discípulos de Jesús, usen su dinero e influencia para decir y escribir que los timoratos apóstoles se llenaron de valor, maniataron y amordazaron a los guardias romanos y se llevaron el cadáver, o lo robaron a hurtadillas sin que ninguno de los dormilones se despertara.

El hermano José de Arimatea mostró su cariño hacia Jesús, y agradecimiento, haciéndose responsable de bajarlo de la cruz, perfumarlo, envolverlo en una sábana limpia y depositarlo con todo respeto en su tumba. Ya podría irse a casa y a los suyos contando lo que hizo, triste por lo que había pasado, melancólico porque no pensaba verlo más, pero dándole gracias a Dios que en ese último momento se le dio la oportunidad para decirle al cadáver, con hechos, que no era un discípulo perfecto, ni siquiera bautizado, pero que lo amaba y esperaba el reino de Dios del cual le había hablado.