sábado, 25 de agosto de 2012

La regla de oro no tiene promesa


Mateo 7:12
12 Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas”.

Este versículo se ve bien claro que se halla fuera de lugar, y los que dividieron la Biblia en porciones hicieron mal en dejarlo unido al anterior con el cual nada tiene que ver. Si yo le fuera a buscar alguna colocación la hallaría junto al v. 48 del capítulo anterior. Representa la llamada "Regla de Oro", que brilla por sí misma como una máxima separada del resto. Quizás se deba a eso, que por su contenido fue memorizada y practicada por todos aquellos primeros discípulos de modo que era la síntesis del amor al prójimo que Jesús les había pedido tener.

Trátalos, no estás arando en el mar. Cualquiera que sea el sector de la vida cristiana que se explore, la Regla de Oro convertida en pregunta hacia uno mismo, por su valor no tiene comparación. Si yo fuera a pedir a alguien sabiendo que tiene, ¿me gustaría que me lo negara? ¿Me gusta que siempre me estén mirando la mota de mi ojo? ¿Me gustan las respuestas ásperas?

Pero fíjate que Jesús no dice que no hagamos a los hombres lo que no quisiéramos que ellos nos hicieran, más bien dice que lo que queremos que nos hagan; hacerlo. De modo positivo no negativo. La regla es presentada no para reclamar o exigir un trato justo y afable de los demás sino para conceder y entregar un trato aceptable. Lo importante no es cómo te tratan sino como los tratas a ellos, y esto está condicionado no por la calidad de trato que ellos te darán, que puede ser indiferente, injusto, opaco y frío, sino por la calidad de trato que tú quisieras recibir.

La mayoría de la gente condiciona su trato con el prójimo a la inversa de como lo mandó Jesús, tratan según son tratados, si bien, bien, si mal, mal; esa regla lo que hará es llevar a la humanidad en retroceso, y los hombres no incitarán a los otros a un cambio, sino haciendo crecer el odio y las rencillas. La indiferencia se retribuye con un saludo afectuoso, la ira con la palabra suave, la maldición con la bendición, el odio con el amor. No debiéramos perder la esperanza que nuestros actos terminen por corregir la conducta de los malos prójimos, aunque nos parezca que es inútil y que estamos arando en el mar.

El buen trato pudiera o no cambiar a nadie. Invariablemente la Regla del Señor debe seguirse porque de todos modos, no hay ninguna promesa de que nuestros actos nobles harán cambiar al otro, y si él no colocó ninguna promesa al respecto tampoco debemos esperarla. Quizás por eso desistimos del buen trato porque inconscientemente aguardamos una transformación del que se beneficia de nuestra conducta, y si no ocurre nos defraudamos y cambiamos nuestro modo de ser y nos alejamos.

Tal vez no actuemos en contra suya pero dejamos de hacerlo a favor suyo, y la persona en cuestión es alejada de nuestro servicio y desterrada de nuestros afectos, y condenada a un desconocimiento indiferente. Realmente es sólo una forma de vida de amor al prójimo la que Dios quiere mostrar al mundo, y eso basta. No es para evangelizar, no es el evangelismo, sino el respaldo de nuestro esfuerzo misionero. No pidamos a los demás que nos traten a nuestro gusto, tratémosles como quisiéramos que lo hicieran. Aunque para dentro del corazón digamos "no me gusta el trato que me das", también añadamos esta resolución "pero te trataré como me gustaría que tú lo hicieras conmigo". La Regla de oro viene sin promesa para ganar al mundo, pero sin ella no se puede ganar al mundo.