viernes, 10 de agosto de 2012

Convierte tus recuerdos en oración


    “Entonces Daniel fue a su casa e informó el asunto a sus amigos Ananías, Misael y Azarías,  para que pidieran misericordia del Dios del cielo acerca de este misterio, a fin de que no perecieran. Entonces el misterio fue revelado a Daniel en una visión de noche. Daniel entonces bendijo al Dios del cielo” (Daniel 2:16-19).


Era imposible inventar una mentira y él no lo haría. Daniel tenía fe (v.19) ¿Cómo pudo estar seguro que Dios le respondería? Porque practicaba la oración comunitaria y creía en ella. Y solicitó las oraciones de otros que eran sus amigos. Si uno ora sabe que Dios le oirá y si solicita la intercesión de otros, mucho más. Cuando hizo eso mostraba humildad, que él no tenía respuesta para todo, que en él no residía la sabiduría sino en Dios y que sus palabras serían las del Señor y no las suyas.

Daniel tenía amigos que oraban, no sólo para platicar con ellos. Sus mejores amigos eran personas de oración, una amistad hecha compacta por la oración. Nuestros mejores amigos son los que oran. Estaba seguro que Dios no le oía a él solamente sino también a sus amigos; y ellos, estando en igual situación, se unieron de rodillas ante el Señor y aquel equipo postrado fue oído en el cielo y recibió contestación. Los mejores para acompañarnos en la oración son los que se hallan en la misma situación, que están afectados por el mismo problema y nos aman. Si Dios oye la oración de uno oye la de muchos, y si la medida de la fe de todos no es igual e individualmente no alcanza, juntada a otras, sumada a ellas, alcanza la necesaria para que “conforme a tu fe sea hecho”.

Es magnífico que nuestros hermanos nos ayuden en oración (Ro. 15:30; Flm. 1:22). No es igual que un hijo pida algo a su padre que con los demás hermanos. Hay veces que por timidez no solicitamos esta cooperación. Necesitamos la oración de otros para conocer los misterios de Dios, para hacer su voluntad, para vencer la unidad diabólica entre la carne, el mundo y Satanás. Convierte tus recuerdos de otros en oración por ellos (Flp. 1:3-6). Amén. Inclúyeme, amigo.