lunes, 2 de noviembre de 2015

Jesús defiende el sustento de sus ministros

LUCAS 6:1-5
(Mt. 12.1-8; Mr. 2.23-28)
“ 1 Aconteció en un día de reposo, que pasando Jesús por los sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y comían, restregándolas con las manos. 2 Y algunos de los fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no es lícito hacer en los días de reposo? 3 Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Ni aun esto habéis leído, lo que hizo David cuando tuvo hambre él, y los que con él estaban; 4 cómo entró en la casa de Dios, y tomó los panes de la proposición, de los cuales no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, y comió, y dio también a los que estaban con él? 5 Y les decía: El Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo”.

   MERECES TU SALARIO el+Sembrador.
http://2.bp.blogshttp://2.bp.blogspot.com/_RsyKBL2MDYk/SbnKXmnA3PI/AAAAAAAADDs/66MmA0d-KpI/s400/Parabola+del+Sembrador.JPGNo piense que los fariseos los criticaban porque comían el sábado, lo que querían es que no comieran, ni ellos (5:33; Mr. 7:5) ni Jesús (Mt. 11:18,19). ¡Pobres discípulos del Señor!, no pueden estudiar, predicar y caminar con Jesús por el mundo sin que haya ojos enemigos vigilantes, listos para hallarles faltas y poder acusarlos ante los jueces y la sociedad. Algunas veces no son los hombres mundanos los que tienen los ojos puestos encima de ellos, sino aquellos que se dicen celosos guardadores de la Biblia.
Los miran de arriba abajo para ver cómo se visten, por dónde andan, quiénes los acompañan y qué hacen con sus manos. Si los ven con hambre, pasando necesidad y sed, eso no les importa, les da igual, los critican midiéndolos por mandamientos de hombres y tradiciones y acusándolos de faltas graves, los tratan sin compasión y los humillan porque tienen que depender para poder consagrarse a su oficio, del pan que la ley de Dios les autoriza recibir, y tienen que tragarse el alimento y las palabras para no responderles a sus injustas acusaciones.
No llevaban hoz en sus manos ni cestas para llevarse a casa algunos manojos sino que se conformaban con lo mínimo, con aquello que cubriera una necesidad de primer orden; por lo tanto no estaban robando ni infringiendo ninguna ley bíblica de amor, sino los gustos y criterios, la mala voluntad de los que los odiaban. "El obrero es digno de su salario, y no pondrás bozal al buey que trilla" (Deu. 25:4), es el verdadero mandamiento bíblico, y el derecho que tienen los apóstoles a recibir el sustento cuando pasen por dentro de los lugares sembrados, es sagrado, y están autorizados por Dios a comer del fruto del trabajo físico que han hecho otros a los cuales ellos sirven sembrando la Palabra, regándola y abonándola para que crezcan para salvación.
Era día de reposo y por el servicio que prestaban con sus predicaciones tenían derecho a violar el sábado, si ése fuera el caso, porque haciéndolo de la mejor forma posible, y trabajando con el alma y con todo el amor de Dios, ellos, los que los criticaban recibirían mejores bendiciones, de alta calidad, cuanto más fuera el trabajo que realizaran y el cansancio que los agobiara. Oyeron las críticas y se quedaron callados, algunos perplejos soltaron inmediatamente las espigas en el campo, y otros entre lágrimas, terminaban de tragar el bocado que la ley de Dios les permitía.
No se defendieron porque por quien estaban acompañados les respondió a quienes les reprochaban alimentarse un poco, sin causar la ruina ni daño a la economía del propietario del campo. Jesús abrió la Escritura y se las citó a estos lectores confundidos, para que recordaran la misericordia de Dios para sus siervos, en este caso David y sus acompañantes, y la aprobación que dio al gesto humanitario de aquellos sacerdotes al compartir el pan sagrado con personas ajenas al ministerio, sin reprocharles ni contarles eso como pecado.

Estos hombres conocían el pasaje bíblico porque lo habían leído mil veces pero sin aprender que las necesidades humanas son superiores a las ceremonias religiosas. Además de callarlos por la Escritura, les dijo de forma autoritaria que sus discípulos podían hacer el uso del sábado que él les permitiera porque su verdadero dueño no era Moisés sino él. Y los discípulos, defendidos sus sustentos, y absueltos por la Escritura y por Jesucristo, continuaron restregando con dignidad las espigas, sin vergüenza ni culpa, porque el peso de la aprobación del Señor, el propietario del sábado, los liberaba y les daba a entender que siguieran comiendo y no les hicieran caso. Y el gran apóstol de los gentiles utiliza esta misma cita para aclarar, confirmar y justificar a los predicadores del evangelio que a tiempo completo se dedican a sembrar y sembrar las áureas semillas eternas, y quienes tienen que soportar las mismas palabras de sus pequeños criticones (1Co.9:9-12; 1 Ti.5:17,18).