miércoles, 4 de noviembre de 2015

No pase, esta iglesia es propiedad privada

Lucas 7:24-29
24 Cuando se fueron los mensajeros de Juan, comenzó a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 25 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que tienen vestidura preciosa y viven en deleites, en los palacios de los reyes están. 26 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 27 Este es de quien está escrito: He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti. 28 Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.29 Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan”.
PROPIEDAD DE JESUCRISTO
Jesús no se quedó molesto porque Juan les hubiera enviado a esos hombres de poca fe para que les quitara las dudas. El Señor les dio la bienvenida porque Juan hizo lo correcto, teniendo en mente preparar a su grupo para que se hicieran cristianos y dieran  testimonios convencidos que estaban siguiendo al hombre correcto. Él siempre tuvo un gran concepto de su pregonero y si bien no pudo hacer nada para sacarlo de la prisión y evitar que lo decapitaran, sí incrementó su prestigio diciendo cosas favorables acerca de su persona y ministerio.
Jesús no era un pastor que hablaba mal a espaldas de otro. Y esa clase de buena opinión y recomendación dada por un ministerio superior de otro inferior ayudó grandemente al establecimiento del reino de Dios en la tierra, ya que cuando el pueblo escuchó y leyó lo que decía uno del otro "justificaron a Dios", lo que es lo mismo que obedecieron a Dios y glorificaron a Dios, porque les hubiera enviado esa clase de ministros, poderosos y bien llevados, que se promovían sus trabajos positivamente el uno con el otro y se fortalecían con buenas opiniones los ministerios de ambos.
Y eso no fue todo sino solamente el requisito básico para que la gente no encontrara reparos en ir a escuchar al predicador, sino que con tan buena recomendación creyeron su mensaje y uno tras otro y en tandas comenzaron a bautizarse bajo el ministerio de Juan (v. 29). Es precioso ver esto, como un ministerio más exitoso que otro le presta su ayuda no robándole sus miembros sino curándolos y enviándolos de regreso para que continúen trabajando en esa iglesia chica, porque de ellos no precisa una congregación grande. Las simpatías entre estos dos ministerios son palpables.
Juan no siente temor de perder dos miembros porque se los envíe a otro pastor para que los ayude espiritualmente, porque sabe que ellos regresarán y volverán mejores que como se fueron. Jesús después que los sanó los devolvió a su pastor original para que sirvieran en el grupo donde ellos habían empezado y al cual pertenecían. La confianza entre ambos ministros era plena, entre ambas iglesias, una todavía dentro del Antiguo Testamento y otra ya con los pies puestos dentro de la Gracia en Jesús. El impacto que tal camaradería sin desconfianza que existía entre ambos ministros, fue importante a la vista de los incrédulos y pecadores para recibir el evangelio que se estaba predicando, uno con un poco de atraso pero bien intencionado, con sus limitaciones, y otro mucho más amplio, y que respetuosamente convivían en la misma comunidad sin que uno desacreditara al otro.
El número de bautismos después de esta muestra de caridad ministerial, se incrementó y la gloria de Dios aumentó y a partir de entonces había menos pecadores en la región y más santos en la iglesia. Eran dos pastores felices y ninguno de los dos trabajaba como si su grupo le perteneciera o como una célula independiente del resto del cuerpo de Cristo, como una propiedad privada con un letrero en sus límites que dijera "no pase, esta iglesia es propiedad privada" donde el dueño de ella es el tal y más cual pastor.

Como quien dice Jesús no pescaba en el criadero de Juan ni Juan en el criadero de Jesús sino que los dos tenían el propósito común de hacer lo mismo sin total independencia, sino colaborándose, y menos con indiferencia, como si les diera igual el avance o retraso de su vecino. No hubo envidia por parte de Jesús al enterarse que el pueblo estaba justificando a Dios y el grupo de Juan creciendo, porque él mismo sabía que Juan humildemente había declarado que menguaría y él crecería. Jesús no podía ofenderlo envidiándolo. Si alguien quería reírse y desacreditarlo diciendo que se vestía pasado de moda y comía inapropiadamente, que estaba flaco como una caña, que era un pelilargo, Jesús no dio motivo a eso, al contrario no hizo ningún juicio al respecto porque no transgredía ninguna ley divina, y dio valor a su ministerio como mensajero de Dios.