viernes, 27 de noviembre de 2015

Dejemos la oración sujeta a los deseos de Dios

JUAN4:44-54
44 Porque Jesús mismo dio testimonio de que el profeta no tiene honra en su propia tierra.45 Cuando vino a Galilea, los galileos le recibieron, habiendo visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén, en la fiesta; porque también ellos habían ido a la fiesta. 46 Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo. 47 Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir. 48 Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis. 49 El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera. 50 Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue. 51 Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive. 52 Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre. 53 El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa. 54 Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea”.

NO COMO YO QUIERO SINO COMO TU
Comencemos por la parte oscura de la fe de este creyente, o sea por los defectos de su fe. En realidad ese trabajo no me gusta porque es hallarle defectos a un hombre que por la fe que tuvo se sanó su hijo. Sin embargo Jesús se lamentó que estuviera colocada en un lugar erróneo, los milagros (v. 48); y no sólo él sino muchos. Este hombre se piensa que fue “Chuza, intendente de Herodes” y esposo de Juana la que ayudaba a Jesús con sus recursos (Luc. 8: 3),  vio el milagro que Jesús obró en su hijo enfermo pero no creyó por la señal sino por la palabra que Jesús había dicho antes que él lo viera, “creyó la palabra y se fue” (v. 50).

 La oración de este hombre estaba limitada por su entendimiento o mejor dicho por su desconocimiento, puesto que le pidió a Jesús que “bajara” a su ciudad (15 millas) y lo tocara (v. 47) porque si su hijo traspasaba la barrera de la muerte ya no podría hacerse nada por él, era irremediable (v. 50). Si le hubiera conocido mejor sabría que Jesús no tiene que moverse de donde se halla, para hacer un diagnóstico porque su palabra es vida y con decirla es más que suficiente, se halle en el extremo del mundo o en el cielo. Si nos fijamos vemos que el joven se sanó sin palabras porque cuando el Señor dijo “ve que tu hijo vive” (v. 50) ya se encontraba sano; por lo tanto la sanidad hay que situarla en los deseos de Dios, en su voluntad. Quiso, y hecho. Lo que dijo fue un anuncio de que ya estaba sano. Hacemos bien en estudiar mejor la persona de Jesús y cuando pedimos algo dejemos la oración sujeta a los deseos de Dios.
Por otra parte, en este caso y en otros muchos, se ve que los milagros obrados por Dios son confirmables. Fíjese que el evangelista ni Jesús se disgustaron ni se opusieron a que este hombre al presenciar el milagro buscara confirmación para estar seguro que fue Jesús quien lo había sanado y no que su organismo por sí mismo había sido fortalecido por los medicamentos. Dios puede obrar por medios químicos pero sin ellos también. Por eso preguntó la hora cuando el joven empezó a ponerse bueno (v.52). Y eso está bien. La comprobación de un milagro es algo legítimo y no contrario a la fe. Lo que a Dios no le gusta es que se dude si lo puede o no hacer pero no que se investigue si lo hizo o no. Y ese es el método para no ser engañados por el diablo y sus charlatanes. El método los desenmascara. Juan cuenta esto como otra “señal” que Jesús hace para dar fe en su doctrina. La intención de la señal no era concentrar la atención en ella misma sino llamar la atención hacia el que la hacía.
Conociendo un poco más sobre Jesús uno se da cuenta que el milagro no es su método favorito para dar fe en Dios sino la comprensión y asentimiento de su Palabra. En la manifestación de su poder en las señales uno nota que  más que prodigarlas se mostraba renuente a hacerlas y las hacía a veces como a regañadientes (Mt. 17: 17). Jesús por un tiempo ofreció esas credenciales para que creyeran en él (14:10-12). Yo estoy seguro que las señales para dar fe en él fue un método transitorio usado por él hasta que el cristianismo tuviera el Nuevo Testamento, o sea un compendio cognoscitivo de su persona con el cual pudiera conocerlo y creer. La literatura cristiana, de la buena, es más útil para el mundo que todos los milagreros juntos.
La complacencia del Señor estaba en que creyeran su palabra, que no dudaran de ella, y ese es su gusto, que su pueblo crea leyendo la Biblia, estudiándola y escuchando buenos sermones bíblicos. Hay dos tipos de gente que para creer son bien como los judíos o como los griegos. Los judíos siempre han pedido “poder”  para creer, o sea milagros, y los griegos sabiduría (1 Corintios 1:22).
El método de Jesús para que obtengamos la fe es el conocimiento y en ese sentido la fe evangélica se halla más cerca de los griegos que de los judíos (1 Co. 14: 15, 20; 2 Co. 2: 14; Flp. 3: 8).  El conocimiento está más relacionado con la Palabra, es decir con el evangelio, con la Biblia o sea, hay más posibilidad de genuina fe en la adquisición de conocimientos bíblicos que en la misericordia de Dios mostrada con sanidades, lenguas o resurrecciones. El conocimiento está más cerca de la salvación que cualquiera señal. En el relato de la mujer samaritana y los otros ciudadanos vimos lo mismo que en este oficial, que ellos no habían creído por señales (4: 39) sino por un montón de sermones. Y cierro por donde empecé: cuando pedimos algo dejemos la oración sujeta a los deseos de Dios diciéndole, “no como yo quiero sino como tú” (Mt.26:39).