sábado, 5 de septiembre de 2015

Si somos muy queridos en nuestra pequeña iglesia ¡qué más nos da!

Sofonías 3: 4
Sus profetas son livianos, hombres prevaricadores; sus sacerdotes contaminaron el santuario, falsearon la ley”. 
O como dice literalmente en vez de livianos, “globos”, están llenos de aire y nada más, o sea carecen de peso o es mínimo. Sus profetas son “livianos”, y entiéndase como vacíos o vacuos; la idea es que son como una pompa de jabón o que no son importantes; lo que hace importante a un ministro es la palabra de Dios, su santidad, es decir Dios. Si el evangelio es relevante los ministros también son relevantes. La irrelevancia de muchos ministros hoy es porque sus predicaciones son irrelevantes, y son irrelevantes porque son intrascendentes, porque no son profundamente bíblicas y porque tratan de sanar la llaga de la sociedad con liviandad (Jer. 6:14; 8:11); se limitan a entretenerlos y hacerlos reír, para que pasen un buen rato los oyentes  o para que los feliciten con palmaditas y le digan que predicó un buen sermón. Los grandes temas acerca de la gracia, la redención, el pecado, la expiación, justificación, infierno, fe y arrepentimiento no los tratan; por lo tanto no son ministros importantes en la sociedad, son quizás populares, pero livianos. La palabra falsearon en hebreo quiere decir que hicieron violencia a la ley de Dios, obligándola a decir lo que no decía. Torturan los textos de la Escritura, si es que los tocan alguna vez, y les obligan a decir lo que ellos no quieren decir.  Y a ese mal en aquel tiempo habría que añadir la falta de santidad de los sacerdotes. Si además de toda esas desgracias anteriores se le añade que el púlpito está manchado moralmente ¿qué más queda?

Un buen ministro de Dios no es importante sólo el domingo sino todo el tiempo, los otros seis días de la semana y los otros del año. Sirve a su pueblo y al mundo con sus oraciones, con su estilo de vida, con el éxito en la familia y con su carácter; y por dondequiera que pase va distribuyendo bendición. Mantiene encendidas las lámparas del santuario, los panes de la preposición listos, y esparcido el humo del incienso de sus incesantes intercesiones. Y con todo, si los ateos y burlones secularistas no lo consideran importante, el Creador del mundo lo tiene a él en mayor estima que a todos ellos. Si somos muy queridos en nuestra pequeña iglesia ¡qué más nos da!