miércoles, 8 de octubre de 2014

Prepárate para lo que viene en camino para tu vida

Hechos 21.4,10-14
"Después de hallar a los discípulos, nos quedamos allí siete días, y ellos le decían a Pablo, por el Espíritu, que no fuera a Jerusalén". 

¿Está aquí el Espíritu, revelando o prohibiendo a Pablo que vaya a Jerusalén? A primera vista lo que parece es que le está prohibiendo que continúe con su viaje, pero mirado el texto más de cerca no se trata de eso sino de una revelación de lo que le aguardaba; específicamente eso fue lo que parece que entendió por las palabras que pronuncia en el v. 13: "¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús". Aquí no se dice lo mismo que en 16:6,7 que el Espíritu se lo prohibió, sino que le anunció por boca de los profetas (quizás las hijas de Felipe, ellas también le dijeron lo mismo) lo que le esperaba con el fin de que se preparase espiritualmente para los eventos que estaban en camino hacia su vida. Sabemos que ese es el modo de actuar del Espíritu cuando revela algo del futuro de una persona, para que se prepare para cuando llegue el momento. 

Si quieres comprobarlo lee 1Tes.3:4 donde Pablo predijo los sufrimientos que los tesalonicenses padecerían para que no los tomara por sorpresa como si alguna cosa extraña os aconteciese y los dejara perplejos. Lo mismo ocurrió con la revelación que hizo el Señor a Pablo y Pedro sobre la cercanía de la muerte de ellos, con el fin que espiritualmente estuviesen preparados para tan grande muerte (2Ti.4.6; 2Pe.1:13-15) y aun a los impíos, como enseña la parábola del rico insensato, les advierte con algún tiempo lo que les va a ocurrir para que se preparen a última hora. Es de sabios, si uno llega a conocer el tiempo de su fin o la casi segura tribulación que le aguarda, prepararse para esos momentos. Observa que el apóstol conociendo las muchas aflicciones que le esperaban no usó como una buena excusa el deseo de los hermanos para volverse atrás y abandonar un proyecto que sabía que era la voluntad del Señor; por eso no se dejó convencer ni con palabras ni con lágrimas.

Cuando todo hubo acontecido, quizás dirían: "Nosotros se lo dijimos, le insistimos mucho que no fuera, pero nadie lo convenció. Fue imprudencia y terquedad". Pero, ¿es imprudencia hacer la voluntad del Señor no poniendo la vista en las cosas de los hombres sino en las de Dios? (Mt.16:23).  Lo que veo son virtudes más que defectos en el carácter del apóstol puesto que está plenamente convencido en su propia mente de cuál es la voluntad del Señor (Ro.14:5). Si uno ha sido convencido por el Espíritu, nadie podrá convencerle de lo contrario, ni aun aquellos que nos estén aconsejando por el mismo Espíritu de Dios porque en él no hay contradicción. 

La diferencia entre Pablo y los hermanos que le aconsejaban que no continuara su viaje se hallaba en la interpretación de los acontecimientos. Para ellos el Espíritu se lo decía para detenerlo, pero para el apóstol era para prepararlo; ellos miraban a Pablo y lo que eso le costaría, él miraba el plan del Señor, que podía pedir inclusive, su preciosa vida (20:24). He ahí que lo más importante no es la comunicación de la verdad sino el juicio que se le hace, el mensaje que Dios quiere darnos, el uso que le hacemos, a la aplicación que nos lleva. El que cree que Pablo nunca debió embarcarse en ese proyecto, bueno, pues que piense de ese modo, algún derecho tiene.