martes, 14 de octubre de 2014

Los celos y la envidia son curables

"...Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo". 

Los celos o la envidia te hacen sentir menos y pensar que te has quedado atrás, como si lo que tiene otro te correspondiera a ti, como si Dios te lo hubiera quitado para dárselo a él y lo hubiera bendecido más que a ti. ¿Qué hacer con esos sentimientos? ¿Hacerle daño a nuestro prójimo, odiarlo por lo que tiene, tratar de quitárselo o matarlo? Gracias a Dios esos sentimientos son curables, dentro de la raza humana. El diablo es quien no puede quitárselos y lo dominan continuamente y lo alejan más y más del amor.  Caín sintió envidia por su hermano porque las obras de aquel eran mejores que las suyas (1Jn.3:11,12). Dios había bendecido a Abel más que a él. Caín pudo curarse de su envidia, mejorando sus obras, haciendo lo que a Dios agradaba, pero no lo hizo y su envidia se convirtió en odio y el odio lo hizo cometer un asesinato (Ge.4.7). Si hubiera hecho mejor las cosas hubiera conseguido hacerse como su hermano.  Si oraras y traba jaras mejor no serías provocado a celos con otra iglesia ni con su ministro.

El trabajo es un buen remedio para la envidia pero sobre todo la oración. Si nos humillamos ante Dios y le confesamos nuestra envidia y le hablamos francamente sobre nuestro celo y le pedimos en oración que nos lo quite del corazón para que no nos domine. Los celos y la envidia nos muestran que no somos perfectos, que no estamos en el punto de semejanza con Dios en Cristo que debiéramos estar. Tal vez la envidia que sentimos sea irrazonable porque las bendiciones que Dios nos ha dado son más abundantes y mejores que aquellas por las cuales nos hemos puesto celosos (Luc.15:25-32).