miércoles, 18 de diciembre de 2013

Los hechos del Magnificat repetidos

1:46-55
"46 Entonces María dijo: engrandece mi alma al Señor; 47 Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.48 Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.49 Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre, 50 Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen.51 Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.52 quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. 53 A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos.54 socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia. 55 De la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre".

 María no sólo estaba contenta sino agradecida a Dios, y en este momento cantó siendo inspirada por el Espíritu Santo, y magnificó desde su alma a su Dios y Salvador (v. 46) por lo que había hecho con ella, por la Criatura que ya sentía en su vientre, y la promesa era una realidad en su cuerpo. Su alma llena de la historia de los hechos de Dios con su pueblo, se vuelca en versos y sus labios dejan expresión de lo que siente en su corazón; no arrogancia sino humildad al darse cuenta que su Señor aun mirando la bajeza de su sierva decidió utilizarla para hacer esas "grandes cosas" con su poder; y esas grandes cosas a que se refiere es la fecundación del Mesías y Salvador de Israel.

Conoce bien que la fama de su Hijo correrá por el mundo y asociado a su nombre estaría el de ella para llamarla bienaventurada, una generación tras otra (v. 48). Compara lo que ocurre dentro de sí misma con las misericordias usadas por Dios con los pobres y débiles de su pueblo, confundiendo los pensamientos de los soberbios y llamando a los ignorantes, a los entronados dejándolos sin autoridad, a los pobres colmando los de bienes y a los ricos enviándolos con los bolsillos vacíos. Se gloría en el Dios de su pueblo Israel que es el Dios de ella misma, que ha cumplido  las antiguas promesas hechas a Abraham (v. 55).

Serían unos breves minutos que su parienta Elisabet escuchó cantar a la joven un himno de fe con raíces en el pasado histórico de su pueblo, y con la segura convicción de lo que ocurriría en el futuro con respecto a su Hijo, a su nación, y a ella misma. No hubo ningún aplauso cuando terminó ni alguna ovación de un emocionado auditorio en algún teatro, sino que ambas se sentaron y escribieron juntas lo que había acabado de cantar y no se olvidara sino que quedase como un testimonio de su inmensa gratitud, y para repetirlo cuantas veces recordara al Hijo que llevaba en sus entrañas, o cuando lo fuera criando como Hijo de Dios y de ella. Y todos los que se enteraron de lo que pasó, iban leyendo las estrofas de este cántico y pensaban en sí mismos que también Dios les había repetido esas grandes y poderosas cosas, y que había pasado por alto al mirarlos en su bajeza, y les había formado al mismo Hijo de María y de Dios, en sus corazones (Ga. 4:19).