viernes, 6 de diciembre de 2013

Con una sola cita bíblica es suficiente


1 Pedro 1:15,16
“Sino como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir, porque escrito esta: Sed santos porque yo soy santo”.

Aquí se me da la oportunidad de explicarles de modo doctrinal la santificación del creyente, que no consiste en una esforzada separación externa sin que medie, como motivación, otras acciones de la gracia de Dios. No se puede negar que la influencia vivificadora del Espíritu Santo y su presencia misma en el cristiano es la fuente de su santificación. Siendo así el Espíritu nos “conduce a toda verdad”, nos “recuerda lo que él nos ha dicho” para que seamos santos en relación con la obediencia a sus mandamientos. La santificación no es un estado interno de beatífica paz, sino más bien una victoria que el creyente gana tras un arduo y continuado combate, quedando a veces, coronado pero herida su memoria, y cansado.

Según nuestro texto la razón que hace posible nuestra santificación es la adopción. Conocemos que Pedro se halla hablándoles a hijos de Dios, a hijos obedientes, a hijos que poseen el Espíritu del Unigénito. Cuando se habla de santificación, como proceso interno de separación del mundo, como triunfo sobre el pecado, hay que referirse a los hijos de Dios. La Confesión de 1689 define la adopción así, “con aquellos que son justificados, Dios se compromete, en su Unigénito Hijo Jesucristo y por éste a hacerlos participantes de la gracia de la adopción, por la cual son recibidos en el número y gozan de las libertades y privilegios de los hijos de Dios, tienen su nombre escrito en ellos, reciben el Espíritu de adopción…” (Efe.1:5; Ga.4:4-5,6; Jn.1:12; “La Confesión de Fe de Londres de 1689”).

Sobre ese fundamento Pedro les apela al ejemplo paternal. Pero tampoco dice “son hijos, vivan como vuestro Padre” sino que introduce una nueva razón doctrinal juntamente con la adopción, el llamamiento eficaz, “como aquel que os llamó es santo”. Eso es ir al origen mismo de la salvación, la regeneración. La santificación empieza allí mismo, en la implantación del principio de vida divina en el alma del creyente.

¿Quiere ser santo? Tiene que nacer de nuevo. Dios tiene que en su infinita misericordia llamarle, atraerlo hacia él. El apóstol les recuerda eso, que han sido llamados, término que por un lado se acerca a la elección eterna, “porque muchos son llamados más pocos escogidos”  (Mt.20:16), y por el otro al propósito suyo, porque ese es su plan antes de que el mundo se fundara, “estos es a los que conforme a su propósito son llamados y a los que predestinó a estos también llamó y a los que llamó a estos también justificó” (Ro.8:28,30).

Si Dios nos ha llamado a salvación, como él debemos vivir. Oh hermanos, empecemos por eso, implorándole al Señor esa gracia, la de que nos reciba por hijos, la de que nos admita dentro de su familia y nos haga coherederos con Cristo. Siendo hijos, ¿no hemos de reflejar nuestro linaje?; “linaje de Dios” le llama Pablo. ¿No debemos honrar el nombre de nuestro Padre con nuestro estilo de vida puro? La santificación es parte del propósito de Dios para nosotros concebido en la eternidad. No es nuestra justificación, no es nuestra adopción, no es la regeneración, pero está relacionada con todo eso.

En segundo lugar el apóstol señala la autoridad sobre la cual hace el llamamiento a la santificación, la Escritura, “porque escrito está”. Esa cita está tomada de Lev.11:45,46, “porque yo soy Jehová que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: Seréis, pues santos, porque yo soy santo”.
Pedro pudo haber apelado a la preciosa vida de Jesús como ejemplo para santidad, aunque ciertamente lo usa en otras aplicaciones (2:21,22), aquí demanda nuestra santificación de acuerdo a la autoridad de la revelación escrita. Bástenos que se nos diga “la Escritura dice” para que por respeto a su autoridad desistamos de cualquier deseo de pecar. Si nos dan una sola razón con ella en la mano para que seamos santos, no debemos pedir más ni necesitar otras, ni un sermón, ni diez. Con una sola razón escritural que Dios nos dé para dirigirnos en un sentido debe sernos suficiente.

La dureza de nuestros corazones es tal que el martillo de la palabra de Jehová tiene que golpearlos casi seguidamente. Nos vemos obligados a observar que se trata de la revelación escrita. La palabra de Dios era la Escritura. La Escritura era el Antiguo Testamento. La iglesia cristiana siempre ha seguido haciendo uso de la Ley, los Salmos y los Profetas. Aunque las iglesias del tiempo apostólico eran iglesias cristianas, el Antiguo Testamento y el “más yo os digo” de Jesús, eran sus únicas fuentes de autoridad. El Nuevo Testamento surge no tanto para abrogar el viejo, y con todo lo que diga He.8:13, que el nuevo tiene mejores promesas, sino para complementarlo; y hoy, interpretado de acuerdo a lo que el Señor dijo, hizo y fue, debe ocupar un puesto privilegiado en la enseñanza de la iglesia.

Pablo escribiendo a su discípulo dice, “y que dese la niñez has sabido las Sagradas Escrituras (o Santas) las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”  (2Ti.3:15). No se trata de  vivir agradando a Dios porque se tuvo un sueño o por alguna impresionante visión, sino porque la palabra del Señor lo pide. La Escritura es la única fuente de autoridad que puede ser llamada palabra de Dios.