viernes, 6 de diciembre de 2013

El judaísmo sin Trinidad no ha ganado el mundo



1 Pedro 1:20,21
“Ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios”.

Inmediatamente que el apóstol enseña a sus hermanos el corazón mismo de la redención, que es la muerte de Cristo, pasa a indicarnos el tiempo en que Jesucristo fue designado o escogido para expiar la culpa de su pueblo y redimirlo de la esclavitud. Escribe que ya destinado desde antes de la fundación del mundo. El apóstol les dice eso para que pudieran alejarse pronto de aquella otrora vana manera de vivir y responder sabiamente a los que les objetaran las nuevas costumbres separadas de ceremonias y ritos legales. Aquí tendrían un buen fundamento para acallar toda objeción a su nueva profesión, porque si Cristo murió como un sacrificio puro y anterior a todos los otros, anterior incluso a la creación del mundo; no hay nada malo ir directamente al más antiguo de los cuales los sacrificios actuales de la ley eran sólo copias que lo anunciaban para el tiempo.

Es algo maravilloso pensar que el plan de nuestra salvación es anterior al de la creación del mundo y que este fue creado como un medio para cumplimentar el propósito de Dios de rescatarnos y que fuésemos depositarios de su gloria. Si no hubiera habido un plan de salvación no habría habido jamás creación del mundo, porque todo fue creado por él, para él y para su gloria (Col.1:16).
La preservación del evangelio, de la historia de Cristo, la supervivencia de la iglesia es más importante para Dios que cualquier preocupación humana sobre el medio ambiente, la capa de ozono o el mar. Si alguien quisiera apartarnos del temor de Dios podríamos responderle de esta manera: “Cristo murió por mis pecados antes de crearlo todo. Que yo viva para él es más importante que el mundo siga existiendo”.

También el texto nos indica un privilegio, que tenían aquellos hermanos, que se les manifestara Cristo en aquella época. Sus predecesores sólo podían palpar en la obscuridad de aquellas sombras la silueta del Hijo de Dios, pero sin poder aprehenderla plenamente, en cambio, aquellos dispersados, como nosotros, tenemos el privilegio de que por la historia evangélica se nos presente él mismo a cara descubierta. Podemos agradecer al Señor el momento que escogió para nuestro nacimiento físico y espiritual, siendo nosotros anónimos gentiles nunca habríamos tenido alguna conexión con aquellas sombras judías, ni aun habiendo vivido dos mil años atrás.

Nuestra condenación hubiera sido segura si Dios en su amor no hubiera predestinado la aparición nuestra en este mundo, en los postreros tiempos y que nos hubiese revelado a su Hijo por la gracia. Quizás la principal razón para que haya habido un gran adelanto de la ciencia moderna sea el alcance de los oídos de los escogidos que por miles de medios visuales, sonoros y escritos son alcanzados diariamente mientras se completa la iglesia. El móvil de toda nuestra salvación es el amor de Dios, “por amor a vosotros”, dice él. La aparición oportuna de Jesucristo en el cumplimiento del tiempo, su muerte en la cruz cuando hubo llegado su hora, su revelación al mundo, todo es producto de su amor.

Podemos descubrir que el texto cómo se puede realmente creer en Dios, mediante Jesucristo, “y mediante el cual creéis en Dios” (v.21). Esa misma importancia de tener a Cristo para acercarnos a Dios la subraya Pablo en su epístola a los Efesios 2:12,13. Una y otra vez el Espíritu nos hace ver en los evangelios que nadie puede acercarse al Padre sino por él, que ninguno podrá realmente conocer a Dios sin su Hijo. El privilegio de ser salvo es el mayor que alguien puede tener en el mundo.
Si aquellos hermanos eran sinceros sabrían que el apóstol estaba diciendo la verdad. ¿Qué concepto tendríamos de Dios si alguno? Cuando la fe cristiana llegó a aquellos gentiles romanos, griegos, o bárbaros, vivían en la más grosera idolatría. El monoteísmo actual de los gentiles es un don del cristianismo.

En dos mil años de existencia la iglesia ha demostrado que su cristianismo trinitario no destroza el monoteísmo mosaico, sino que ha hecho que Dios sea esencialmente manifestado en el mundo y que de otro modo hubiera permanecido incognoscible, en regiones tan obscuras espiritualmente en el planeta como la nuestra, donde estábamos. El judaísmo sin trinidad no ha ganado al mundo. Lo cierto es que el hombre, como dice Calvino, le es imposible pensar en las profundidades del ser divino, sin Jesucristo.

Y nosotros agradecemos haber heredado toda la riqueza que Israel hasta el momento ha desechado, a Jesucristo y  sus apóstoles. Pedro comenzó con Cristo, muriendo en la eternidad, revelado por amor en el tiempo, pero lo regresa a donde estaba primero, junto a la gloria del Padre, no sin antes ver muerte, pero no corrupción y ahí mismo señala el centro de la fe y la esperanza en Dios, la resurrección de Cristo (v.21). Me parece que la intención del apóstol es hacer énfasis en la unión entre el Padre y el Hijo, o como él mejor lo dice, entre Dios y Cristo. El Nuevo testamento en otros sitios habla de la fe en Cristo (Efe.1:5; Col.1:4,2:5; 2Ti..3:15;Sgo.2:1), pero aquí se nos dice, “para que vuestra fe y esperanza sean en Dios”. No hay ninguna contradicción y concuerda perfectamente desde los mismos reclamos que Jesús hizo hacia sí mismo para conocer al Padre o para llegar a él como lo que dicen otros escritores. Cristo es el autor de la fe, su consumador, es lógico que para poder creer en Dios, mediante él, hay que confiar en lo que revela. Lo mismo se puede decir de la esperanza (Col.1:27). Pero de un modo o de otro siempre ambos están unidos. El evangelio no es un apéndice extraño al judaísmo, no es otro Dios el que Cristo revela. Es el mismo del Antiguo Testamento no conocido hasta ese momento en la Persona eterna de Jesús.

El Nuevo Testamento es enfático en eso, no es una negación de la revelación   veterotestamentaria, sino un avance y complemento de ella. Pero quizás el elemento más sorprendente en el naciente cristianismo, el evento más pasmoso para el judaísmo fue la afirmación de que Dios había resucitado a Cristo; las implicaciones que ese hecho encerraba eran casi infinitas, era un testimonio inmenso a su veracidad, un sello a todas sus obras y discursos. La resurrección es la señal de la conmutación de nuestra condena y el hecho más sobresaliente de nuestra esperanza. Tener fe sólo en sus señales lo convertiría en un milagrero, tener fe sólo en aquel varón que echaba demonios con su palabra lo haría un exorcista, confiar en la certeza de su doctrina nada más lo haría para nosotros en un conspicuo reformador o tal vez un profeta, pero tener fe que Dios lo alzó de la tumba y lo subió a su diestra colocándolo sobre todo principado y potestad como medianero del linaje humano es la garantía más firme de la admisión de su muerte substituta y de la seguridad de la vida eterna.

Para un hombre de poca fe no hay cosa que le abrume más que su cada vez más cercana desaparición de esta tierra, pero tampoco hay una doctrina que nos traiga más alegría y esperanza de regresar a la vida como el levantamiento de Jesucristo. Esa fe, esa esperanza, hacen germinar el concepto de fe en Dios a toda su amplitud soteriológica. Esta doctrina es el nervio central de la seguridad de la vida eterna.