jueves, 26 de diciembre de 2013

La longitud de la vida no depende sólo de antibióticos y cirugías

Salmo 90:1,2
“Señor, tú nos has sido refugio, de generación en generación. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios”. 

Leemos estos dos versículos pero se puede estudiar todo el salmo a partir de la perspectiva de los dos primeros. Moisés, como todo hombre que reflexione en la existencia humana, parece impresionado con la eternidad, máximo cuando se llega a una edad avanzada; uno clava sus ojos en la eternidad. Es una oración suya, algo muy íntimo que agitó su pecho y lo elevó a Dios. El salmo parece una continuación del tema anterior, aunque el 89 no es suyo. El Espíritu los ha agrupado para que reflexionemos en la eternidad.Comienza afirmando que Dios es eterno, meditando en ello, pero no como lo haría un insensato que dude, sobre su “origen”, porque sabe que no lo tiene, sino en relación con la existencia temporal humana. Hizo bien porque la eternidad es incognoscible, impensable. No que sienta rabia porque Dios es eterno y él no, porque afirma que esa eternidad siempre ha estado al servicio de las generaciones (v. 1).

El núcleo de su oración es volver a Dios de su ira como se ve en los vv. 7,9,11,13, porque las aflicciones suelen ser largas, el sufrimiento prolongado. Si las aflicciones duran mucho, los preciosos días se acaban. Para él, la existencia humana es corta, sumamente corta, y cuando los hombres son afligidos por Dios por causa de sus pecados, los años de juicio suelen ser muchos, largos días, de modo que consume prácticamente toda sus vidas. Su autor está impresionado sobre la brevedad de la vida y le llama un sueño (v. 5), una flor (v. 6), mientras que Dios es eterno. Tiene la convicción que para Dios mil años es como un día (v.4).

Oh Dios, para mí mil años sí son mil años, no un día; permíteme adquirir como Moisés, sabiduría, al pensar en la vida en relación con la eternidad (v. 12), con la inmortalidad, con la resurrección. Moisés tiene 120 años, ora por su pueblo, ha visto morir a mucha gente joven que podía haber vivido como él, pero por sus pecados, y otras causas  secretas, fueron cortados de la tierra de los vivientes, su corazón se entristece y le pregunta a Dios hasta cuándo (v. 13). No, la longitud de la vida no depende sólo de antibióticos, cirugías, medicinas, alimentos, sino de Dios. No pocos son cortados temprano, hasta en la niñez. ¿No dice Moisés que el promedio de vida en su tiempo era de 70 y 80? (v. 10) ¡Eso era mucha bendición, un milagro! Y eso sin los avances de los estudios de la ciencia moderna. 

Aunque Moisés no se queja tanto de la brevedad de la vida sino de que se consuma inútilmente en aflicciones. Es como si temiera que Dios castigara el pecado por mucho tiempo y se olvidara que él y el hombre no son iguales; él eterno y el hombre una brevísima sombra que se desliza por la tierra. Y no hay apelación cuando decreta: “Vamos, vete al polvo”; y callados tenemos que regresar a lo que somos, tierra (v. 3). Vuélvete Señor, danos días mejores, no acortes nuestros días.