viernes, 20 de diciembre de 2013

La salvación se fue al exilio

Mateo 2:13-23   
“Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo. Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.  Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron. Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño. Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel. Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir  y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno”.        

Herodes tenía una bien ganada reputación de sanguinario y por eso Jerusalén estaba justificada al temblar cuando oyó a los magos preguntando en sus calles, “¿dónde se halla el Rey de los judíos?”. Presentían una masacre y la masacre vino: los niños de Belén. Herodes era un completo salvaje, había hecho asesinar a su esposa por sospechas de adulterio y a tres hijos, sólo cinco días antes de morirse. El que ordenó la muerte de los suyos ¿vacilaría ante los cuellos de hijos ajenos? Pero Mateo es un escritor sagrado, un apóstol, y su propósito no es político ni narrar las salvajes matanzas de aquel tirano sin corazón, sino sólo ésta que inevitablemente tiene que contar al escribir sobre la vida de su Mesías.

No fueron los ingenuos magos los que frustraron los planes de Herodes, ellos no detectaron su hipocresía al hablarles, pero el Señor que oye lo que decimos entre dientes y sabe la palabra antes de que se pronuncie, no podía en manera alguna ser engañado ni permitir que aquellos buenos hombres regresaran a su país sin decir las buenas noticias que ya sabían. Dios había asumido la responsabilidad y la custodia de aquellos magos y les sirvió de Guardián hasta que entraran de nuevo a sus hogares sanos y salvos.  La protección de las vidas de sus siervos se halla en sus manos. Dios tenía en su mente un camino escondido para que transitaran por el cual los soldados de Herodes no pasarían.

Jesús fue retirado por sus padres a Egipto y mientras él vivió jamás pudo adorarlo, la salvación se fue al exilio; y la emigración, porque ambas cuentan en las soluciones que Dios nos da. A veces el exilio y la emigración por otras razones duran poco porque el tirano muere pronto pero otras veces no, sino que envejece con el cetro entre sus huesudas manos, o enfermo y artificialmente mantenido con vida. Si no se puede ser lo que uno quiere ser dentro de su país, el exilio y la emigración son caminos divinos, y Dios los contempla y los proporciona, con dinero o por fuga, legal o ilegal. Eso lo leemos en la diáspora de los cristianos en el primero y segundo siglo de nuestra era, que huyendo sin derechos humanos ni dinero se marcharon de sus países y hallaron en otros la libertad de expresión que estaba cautiva en el de origen. Y criaron a sus hijos y los educaron donde hubiera más respeto para ellos. Sus padres les dieron un mejor futuro cuando pensaron en ellos cuando se los llevaron lejos.

Cuando Herodes muere ya Cristo está fuera de su alcance, para hacerle daño o para pedirle perdón (vv.19, 20). La noticia no llega a los oídos de la pareja por algún rumor político en la patria extranjera; Dios le reveló que el tirano asesino había entrado al infierno. ¿Quién mejor que Dios sabe cuando un alma pasa a la condenación? Estas palabras caen sobre la sepultura de Herodes, “han muerto los que procuraban la muerte del niño”, como una plancha de piedra en un epitafio condenatorio y eterno. No hubo esperanza para Herodes. Le leyeron las Escrituras y se le invitó a adorar, pero no lo hizo. Los hombres pasan, la causa de Cristo no. 

Mateo insiste que tanto Herodes como Arquelao, dando riendas sueltas a sus perversidades cumplieron lo que estaba profetizado confirmando con sus hechos inicuos lo que tantas veces las Escrituras nos enseñan: Dios supervisa todos los acontecimientos del mundo y de un modo de otro, a amigos o enemigos, hará que contribuyan para la ejecución de su organizado plan. Tengamos por cierto que de lo que la Biblia nos advierte tendrá su cumplimiento, sea una promesa de esperanza o una odiosa masacre.