Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies y le adoraron (Mateo 28.9).
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Las mujeres no pudieron contener la dicha que las embargaba y lo abrazaron y le adoraron expresándole de rodillas el afecto que le tenían, aunque todavía no había subido a su Padre (Jn.20.17). Le abrazaron como un hermano, un amigo querido, un maestro afectuoso, consecuente con el trato que ellas habían tenido, una relación humana, intensa. Y además lo adoraron como superior, por su triunfo sobre la muerte, como al Señor. Miren qué combinación. ¿Hay una más importante que la otra? No. Es que en esencia forman parte de lo mismo. El abrazo representa los afectos que sienten y la adoración es el acto de postrarse; el primero representa el calor humano, las emociones, la dicha, el afecto natural. Tanto el uno como la otra expresan los mismos sentimientos de amor, humanos, filiares y religiosos. Son inseparables. Quítale la humanidad a tu adoración y ¿qué te queda? Imagina un himno bien cantado sin una gota de emoción, sin que vibre el corazón, sin una sonrisa en el rostro o sin una lágrima en la pupila; ¿tiene algo eso que ver con la adoración? La adoración debe expresar los más profundos sentimientos humanos: amor fraternal, gratitud, expectación, nostalgia, alegría, tristeza. Nuestro arrepentimiento, lamentos, remordimientos, pecados, triunfos, fracasos, decepciones, frustraciones, consuelos, dudas, debilidades, tentaciones; y vuelvo a decirlo, eso y mucho más suele estar magníficamente presente en nuestra adoración.
Y eso es lo que espera el Señor, la entrega de un corazón así completo, sin arreglar, como es, con todo lo que tiene dentro, para que sea suyo y haga su obra como le guste. Aquellas hermanas le adoraron con un abrazo. ¿Por qué separar lo humano y lo sagrado si son inseparables? ¿No se nos dice que comamos y bebamos y cualquiera otra cosa para la gloria de Dios? (1 Co 10.31).
¿Qué más necesitamos saber para relacionarnos como familia a él, para llenar nuestra adoración de esos sentimientos fraternales, filiares, humanos, que está esperando que mezclemos con la oración, con el himno, con el estudio y la meditación y con la más apasionada predicación del evangelio? Amén.
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