martes, 31 de julio de 2012

No se dejen abatir por el desánimo, ni por el trabajo baldío


Lucas 5:1-10
 (Mt. 4:18-22; Mr. 1:16-20)
 1 Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. 2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. 3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. 5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. 6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía.7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían.8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él,10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres.11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron.


Una de estas barcas fue convertida en un púlpito para predicación; Jesús la tomó y le pidió a su dueño que la separara un poco de la orilla para poder hablarle a la multitud sin que se le echaran encima. No había viento y la voz del maestro llegaba con facilidad a los oídos de los que estaban interesados en prestarle atención. Sus sermones eran instructivos y nadie se marchaba sin haber aprendido algo sobre Dios y su palabra (v. 3). Los dueños de las barcas también prestaban atención y habían dejado o terminado de lavar sus estériles redes.

Cuando Jesús terminó de predicar se volvió hacia el dueño de la que ocupaba y le pidió que remara más adentro del lago, lo cual hizo a regañadientes pues tuvieron  un día malo en el cual no atraparon ni un solo pez (vv. 4,5). El desánimo de Simón, el propietario, era total y así se lo expresó a Jesús, como quien dice, que no valía la pena repetir una vez más lo que habían hecho durante todo el día, cansarse sin resultado alguno. No obstante estuvo dispuesto a probar una vez más y volver a arrojar la red como obediencia pero sin entusiasmo, y aun así con tan pocas ganas se dio cuenta sin saber cómo, que la red si no se había trabado en alguna piedra o en algún tronco de árbol sumergido, se había llenado de peces, y cuando forcejeaba para retirarla del agua sin que se rompiera, cuánto no fue su asombro al ver la multitud de peces saltando dentro de la malla de modo que si continuaba tirando de ella sin poner cuidado se rompería (v. 6).

Decidieron entonces pedir ayuda a los compañeros más cercanos para que con ambas barcas tirando no por un solo lado sino por ambos, pudieran arrastrar la enorme cantidad de peces hasta la orilla. Aquello era algo impensado, que nadie hubiera podido imaginar que tuvieran tanto éxito de modo repentino, y el más antiguo y sabio de los pescadores les hubiera aconsejado guardar todos sus arreos e irse a descansar sin poder vender ni probar uno solo de aquellos peces.

Pedro que está en vías de conversión y comienzo de su discipulado inmediatamente asoció el poder de Jesús a la presencia divina, y como había estado pensando durante todo el día y orando sin que Dios lo oyera y le diera resultado a su trabajo, que era un hombre pecador y por eso Dios no lo bendecía más, y al tener esa revelación de pureza y santidad dentro de su propia barca se dio cuenta del contraste que existía entre él y aquel joven predicador que sin ser su oficio éste,  había logrado en un momento lo que a él le hubiera tomado un mes de trabajo.

Ésa es la razón por la cual Simón Pedro confiesa que es un hombre pecador (v. 8). Aquella pesca lo que hizo fue confirmarle lo que ya estaba pensando de sí mismo, que era un pecador y que la falta de bendición que ese día había tenido podía extenderse a muchos contratiempos, frustraciones y sinsabores, en su trabajo y durante toda la vida. Aquel momento sobre su barca y con aquel Hombre dentro de ella revelándole lo que él hubiera querido ser y no era, fue un momento sublime y aprovechó la oportunidad para lamentarse espiritualmente de lo que sabía sobre sí mismo y nadie podría negárselo, un pescador y un pecador. Estrictamente no le está pidiendo a Jesús que se baje de la barca y se aleje de él, esa expresión "apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador", tiene la misma función que si hubiera dicho, "ten misericordia de mí, un pecador y si puedo cesar de serlo, bendíceme para no ser nunca más lo que hasta este momento he sido".

Y sin que se diga más de su historia espiritual, sobre aquella barca quedó convertido uno de los más notables apóstoles, el apóstol Pedro, y ya, antes de desembarcar se le hizo la promesa que se le cambiaría el oficio para que fuera un predicador evangelista de mucho éxito (v. 10). En resumen, fue una experiencia inolvidable para estos tres hombres que les ilustró que lo que Jesús hizo que ellos lograran en el agua y con peces, podrían en lo futuro, no dejándose abatir por el desánimo y el trabajo baldío, aunque sin entusiasmo y solo fuera trabajando por obediencia, lograrlo con resultados gloriosos en tierra, entre los hombres (vv. 11).