domingo, 3 de mayo de 2015

Una ayuda emocional para un pastor solitario

Éxodo 4.14
“Entonces se encendió la ira del Señor contra Moisés, y dijo: ¿No está allí tu hermano Aarón, el levita? Yo sé que él habla bien”. 

¿Cómo la notó, por qué  no lo castigó? Quizás por el tono de su voz. Dios le da la solución pero enojado, y supongo porque eran muchas las excusas de Moisés y porque para su trabajo no necesitaba un segundo que le disminuiría su gloria y sería un parcial sustituto de su dependencia divina. Si Dios cree que podemos hacer un trabajo solos no le pidamos colaboradores. ¿Y si el colaborador se convierte en un obstáculo y su compañía se vuelve incómoda? ¿Y si no está conforme con el segundo puesto y apetece el primero y el diablo le fomenta la envidia? Si nos hiciera falta algún colaborador porque la obra lo requiere, Dios será el primero que lo envíe, pero si incluso nos quita los que teníamos ¿para qué pedirle alguno más? Viendo Dios que su colaborador podría a la larga perjudicarlo más que beneficiarlo le envió a su hermano biológico, no un buen hermano “en la fe”. Aarón nunca le sirvió de intérprete a no ser delante del pueblo pero no era imprescindible. 

Sí, estuvo junto a Moisés frente a Faraón con los ancianos representando al pueblo (3:18), sin que ellos necesariamente dijeran algo. Hablaba bien, Jehová le dijo, pero no era determinante su ayuda. Siendo su hermano querido seguro que el líder se sentiría bien teniéndolo a su lado. Era más bien una ayuda emocional que pedía aquel pastor solitario, una ayuda más sicológica que pastoral. Moisés no necesitaba vencer su soledad porque por cuarenta años se acostumbró a estar solo; y quizás  por timidez o consciente de su insignificancia; y aun siendo así Dios piensa que si no necesitamos esa clase de compañía, no le cae bien que andemos detrás de él pidiéndole una. La obra de Dios es de un solo hombre, dijo Spurgeon, y aunque tenía a su hermano como co-pastor, la obra era suya y de Dios. Tanto con Aarón como con María la hermana, andando el tiempo Moisés tuvo problemas (Num.12:5-10; Ex. 32:21); y los problemas que le causaron no trascendieron más ni se volvieron peores porque Dios intervino a favor de él y se encargó de ellos dos, y además porque eran familiares. Dios tenía un lugar para cada uno de esos dos colaboradores de Moisés pero un poco más alejados de Moisés que lo que éste quería. Que sea Dios quien coloque nuestros ayudantes, pastores o diáconos, a la distancia que él quiera y que ellos reconozcan que son nuestros voceros y que estamos nosotros y no ellos  “en lugar de Dios” (v.16).