viernes, 8 de mayo de 2015

Cuándo decirle adiós a la salvación de tu marido

Génesis 20:13
“Y sucedió que cuando Dios me hizo salir errante de la casa de mi padre, yo le dije a ella: "Este es el favor que me harás: a cualquier lugar que vayamos, dirás de mí: Es mi hermano”.


Sara no debió aceptar esa proposición; tal vez pensaba que no era tan hermosa como su joven marido pensaba o que tal cosa nunca ocurriría; y ocurrió. De veras que cuando la Escritura dice que ella le llamaba “señor”, así lo era, estaba tan sujeta a su marido como al “Señor”, era su completa sierva. El Espíritu Santo alaba a Sara por esa dependencia de su esposo; pero si se me permite un poco juzgar su obediencia con los ojos de un gentil salvado por la gracia de Cristo y en el siglo XXI, a mí me parece, que aunque no pudo por el siglo en que vivió su matrimonio, ella no debió haber aceptado tal proposición, diciendo una mentira por causa del miedo de su marido. Una mujer nunca debe aceptar una proposición de su marido que la conduzca a pecar contra Dios. Tal vez pueda aceptar que él le prohíba que vaya a la iglesia y que los hermanos la visiten en su hogar porque él no quiere verlos allí, es el dueño de la casa, pero lo que sí no puede aceptar, aunque esté sujeta a él como su esposa, es que él le prohíba que lea la Biblia, que ore y que lo trate cristianamente. No debe aceptar acompañarlo a lugares pecaminosos para recrearse juntos con alegrías carnales delante de los ojos de todos, porque eso va en contra de sus principios cristianos, contra Dios y contra la salvación de su esposo. Aunque ella le llame “señor”, él no es su Señor o su Dios, puede obligar su cuerpo pero no su espíritu y manchar su alma. 

A nadie podemos dar la obediencia que damos a Dios ni ser incondicionales a ninguna persona como lo somos a Dios. “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”.  Si una mujer acepta una proposición pecaminosa que le hace su marido, que le diga adiós a sus deseos que él se convierta a Cristo, que se despida de la salvación de él y de los hijos. El marido incrédulo debe “ser santificado en la mujer” y ¿cómo le podrá reprochar un pecado que ella misma cometió? Si el marido la obliga a pecar y ella por más que opuso resistencia no pudo, entonces él debe darse cuenta que no lo disfrutó, que tiene remordimientos de conciencia, que se siente triste y enlutada, y que vierte lágrimas por la miseria en que ha caído. Así él se dará cuenta que tienen dos conciencias distintas, que una es leal a Dios y la otra no y que ningún pecado hará feliz a su buena esposa. Si un esposo propone a su compañera que vaya con él a pecar y si se niega irá acompañado con otra persona, ella debe dejarlo ir solo y orar por él, por su matrimonio y por sus hijos y pedir el auxilio de las oraciones de sus hermanas en la congregación. El pecado que él cometa sin ella no lo hará dichoso, y pudiera repetirlo, pero se cansará y se aborrecerá a sí mismo. Y hay otra forma de pararlo que no es orar sino hablar sobre la posibilidad de la separación si no refrena sus gustos adulterinos. Excepción que Jesús aprobó.