sábado, 28 de marzo de 2015

No es alzar la mano o venir junto al predicador

Hechos 8:34,37
“Y Felipe dijo: Si crees con todo tu corazón, puedes. Respondió él y dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”.

¿De quién hablaba el profeta, de algún otro? Sí, de Cristo. El eunuco no oyó que Felipe le dijera que él debía bautizarse pero escuchó que todos los que creían en Cristo eran bautizados y que recientemente en Samaria y en Jerusalén millares habían sido bautizados. El bautismo era la señal de aceptación de Cristo; si realmente había creído lo que escuchó la decisión por Cristo era el bautismo, no alzar la mano o pasar junto al predicador, sino pedir que se le administre el bautismo. El bautismo siempre formaba parte de la explicación bíblica, de la descripción de quien era Cristo y sobre todo cuando se exhortaba a las personas para que lo recibieran como salvador; si ahí no empezaba la salvación sí empezaba la militancia en la iglesia, la profesión cristiana; era la señal de dedicación a Dios por medio de Cristo, la renuncia pública a la vieja vida, la señal del comienzo de una vida nueva. Cuando mencionaban el bautismo el ojo de ellos estaba puesto sobre la iglesia que tenían que unirse.

No hay duda que los apóstoles siempre ofrecían el bautismo con la palabra de Cristo, díganlo los textos preservados de sus sermones o no. Por ejemplo, Mr.16:16; Hch.2:38; 9:18; 10:47; 16:14,15; 18:8; 22:16. El bautismo no era administrado tanto para formar parte de la iglesia, para adquirir una membresía dentro de ella como para mostrar aceptación de Cristo, para renunciar al pecado, para empezar una nueva vida según Dios y para aspirar a la esperanza de la vida eterna; pero en la desembocadura de ese propósito se hallaba la iglesia.  Era un asunto más teológico que eclesiástico, pero no lo excluía. El eunuco pensó que si había algún obstáculo para bautizarse debía ser removido pronto porque él estaba entusiasmado con la historia que había oído y creído y quería identificarse con aquella Persona, con las doctrinas que enseñó, tomar la esperanza que ofreció y unirse para adorarlo con aquellos que ya lo habían precedido en las aguas. Si tienes algún obstáculo para bautizarte, y realmente crees en tu corazón, no seas moroso y remuévelo. Amén (hp).