sábado, 24 de enero de 2015

Hay perdones que no se dicen


Marcos 8:23-26     
"Tomando de la mano al ciego, lo sacó fuera de la aldea; y después de escupir en sus ojos y de poner las manos sobre él, le preguntó: ¿Ves algo?".

¿Soportarías eso por tu bendición? ¿No sabes que las bendiciones divinas cuestan y no dinero sino algo del carácter y del corazón? ¿Lo hizo para humillarlo? Puede que sí, pues fue recibiendo su bendición poco a poco, yendo lentamente hacia la luz. El pago de someterse a una humillación circunstancial; la confianza de lo que hace aunque sea incomprensible, desagradable, bochornoso, tiene algún sentido. No pienses recibir bendiciones sin que tu alma se prepare para ellas.

Jesús lo sacó fuera de la aldea por dos razones pienso: para evitar el crecimiento de su popularidad que le traería sobre sí odio y envidia y como en otros casos pidió que el milagro se mantuviera en privado. Pero la razón principal pudo haber sido la forma en que lo iba a sanar, que no era para que la compartiera en público. Hay vergüenzas propias y privadas que tienen que mantenerse entre el Señor y el pecador. No es la intención del Señor que compartamos con otros todo lo que hace en nuestra vida. A las humillaciones que considera conveniente. Si Jesús me escupiera yo no lo diría. Mencionaría que puso sus manos sobre mí y que me sanó poco a poco y omitiría lo de la saliva. Quizás miró a través de sus ojos el alma y vio algo que le dio asco, y lo escupió, que equivaldría a una santificación. Hay perdones que no se cuentan porque hay pecados cometidos que no se dicen, no edifican a nadie. No es necesario que para animar a otros le contemos los detalles de lo perversos que hemos sido. Da vergüenza y no edifican.