domingo, 24 de noviembre de 2013

Que tengan tu vida como un héroe de novela o de un cuento corto

Daniel 6: 14,18,19,20  
"Cuando el rey oyó el asunto, le pesó en gran manera, y resolvió librar a Daniel; y hasta la puesta del sol trabajó para librarle. Luego el rey se fue a su palacio, y se acostó ayuno; ni instrumentos de música fueron traídos delante de él, y se le fue el sueño. El rey, pues se levantó de mañana y fue apresuradamente al foso de los leones y acencandose al foso llamo a voces a Daniel con voz triste y le dijo: Daniel, siervo del Dios viviente, el Dios tuyo a quien tu continuamente sirves  ¿te ha podido librar de los leones?".

Se ve que por los continuos servicios que Daniel prestó a los babilonios, medos y persas, Darío sentía admiración hacia él y le afectaba profundamente su pérdida (v. 14). Tenía un testimonio maravilloso ante sus ojos y apreciaba su vida. Cuando uno lee esta historia le parece que está leyendo una novela o una leyenda, que es en cuento bonito inventado para instruir en la fe a los niños. Daniel se destaca como un héroe de la pureza y de la fe, un hombre que con su teología dentro de la política hizo más bien para la gloria de Dios que si se hubiera dedicado a ella sola. Es un pasaje similar a los hechos de los evangelios y los apóstoles donde se ejecutan “los poderes del siglo venidero”.

Daniel fue un hombre amado y odiado por muchos, exitoso y envidiado. Cuando lo condenaron a comérselo los leones y el rey lo supo, se entristeció como si fuera un familiar suyo, cuando se dio cuenta que había caído en una trampa y actuado con precipitación e ingenuidad. Trabajó, posiblemente ofreciendo dinero, para que lo dejaran libre. Ayunó, suspendió la música en el palacio y se retiró a dormir temprano y con congojas. ¿Qué le hizo Daniel a este monarca para que se encariñara? ¿Lo aduló? No, sólo vivió con fidelidad a su fe y se puso al servicio del país. Le tomó cariño. El político y el teólogo encariñados. Hay otros casos menos antiguos. El rey Herodes se entristeció por Juan el bautista (Mr.6:26); el centurión quería a Pablo (Hch.27:3, 42), y algunas autoridades de Asia lo apreciaban mucho (Hch.19:31). No necesariamente los gobiernos tienen que ser enemigos de la iglesia, si ella no está corrompida y sus ministros no tienen vicios. Bueno, en fin, ojalá que algún día cuando se recuerde nuestra vida la gente se pregunte: “¿No era el Cristo? ¿Juan el bautista o algún profeta?”. Y les parezca nuestra historia la de un personaje raro o mítico, toda ella la de un héroe de novela o un  de un cuento corto.